sábado, 5 de mayo de 2012

PEINADOS

SIGLO XIX


SIGLO XXI







SIGLO XXI                                                                                                                       SIGLO XIX






¿Revival?  ¿La historia se repite? ¿Nihil novum sub sole?





jueves, 26 de abril de 2012

QUITO LA RADIO


                 Hoy, esta mañana, ha sido uno de los pocos días en que he quitado la radio a mitad del programa informativo que normalmente escucho. Un programa de los que suelen realizar ahora desde muy temprano y que incluye no solo noticias, sino también comentarios y tertulia. No he podido soportar más, me he venido abajo. Le he dado al power entre hastiado y deprimido.  Me sentía ya harto de tan machacona repetición del mismo tema, la economía de nuestro país; cuestión que va camino de alcanzar en frecuencia a otras dos, reiteradas hasta la saciedad: la mentira y la corrupción, de las cuales acusan ininterrumpidamente unos políticos a los del bando contrario. Estoy hasta la coronilla (diría, si tuviera aún coronilla),  de déficit, recesión, prima de riesgo, mercados, etc., etc. , de que “Fulano no dice la verdad y lo sabe” o de que “Zutano y Perengano están metidos hasta el cuello en una operación de trinque”…, de oír todo esto una y otra vez, y luego otra vez y otra vez… sin parar.
                 Todo cansa y algunas cosas, más. Como estas, por ejemplo, de las que no solo se habla sin parar, sino que siempre se dice casi lo mismo: que van fatal, cada día peor. Lo quel da lugar al desánimo, al agobio, a la desesperación… Es como si te recordaran cada minuto que estás al borde del precipicio, en la punta más alta de un acantilado, dentro de un avión averiado que desciende sin control…, a punto de caer y estrellarte.
http://www.lastfm.es/group/GD+Game+Threads/
forum/211572/_/660789/1
              La radio, así, no es buena compañía.  Con ese tono dramático y ese aire lúgubre, ya no comunica, sino zarandea, empuja, tortura, amenaza. No quiero más información, no quiero más actualidad de tal signo. Prefiero algo más asequible a un nivel de resistencia a la angustia medio, como es el mío, creo. Quiero salir de esta especie de cámara de gas donde me ahogaré si no abro alguna ventana por donde respirar oxígeno, aunque sea de mala calidad. Prefiero que, en estos momentos de postración nacional, me hablen de realidades tal vez menos trascendentes, menos decisivas, pero más consoladoras, más sedantes: la iglesia que han restaurado en Segovia, las victorias del equipo de fútbol femenino de Nosedonde, la cazuela de calabacín con chistorra que cocinan en el chiringuito Equis de Santoña, el traje de comunión del vigésimo hijo de Julio Iglesias, etc., etc.  Sugiero que, al menos, combinen el condimento dulce con el agrio y alrededor del duro hueso encontremos los oyentes un poco de jugosa carne.  O que, cuando haya que tratar de lo desagradable, se exprese con los términos menos descarnados posible. O que encarezcan lo bueno que también ocurre en la economía y en la política.
                A mucha gente no nos interesan demasiado los temas frívolos, más bien poco, poquísimo. Si los pedimos y atendemos  a ellos, es por exclusión, para no dejar hueco a los otros , funestos, mejor dicho, al  insistente dale que dale de los otros. Y porque podemos… manejarlos,  criticarlos, poner de vuelta y media a los protagonistas o a los medios que cuentan las historias, o bien alabarlos hasta el infinito…, sin que pase nada ni quedemos motejados de antipatriotas, de progres o de carcas… y encima nos surja mala conciencia; y sin que se hunda el mundo por el simple hecho de que sucedan o dejen de suceder; sin que todo espacio informativo nos coloque encima la espada de Damocles. No queremos encontrarnos en situaciones límite cada cuarto de hora.
               No voy a exigir a los medios que sean una feria y que me alegren la vida; pero sí que, por lo menos, no me la fastidien más de lo que ya está. Que me distraigan un poco, entre una y otra noticia aciaga, relatada de forma austera; que me hagan olvidar, mientras salgo a la calle y compruebo, quiera o no quiera, que han cerrado un comercio más y que sestea en el parque una decena más de jóvenes en paro. Les haré un ruego general en los términos de una de las conocidas máximas comunicativas de Grice: llegados al punto fatídico, “sean ustedes todo y sólo lo informativos que deban ser”.  Queremos estar enterados de lo que pasa, pero no más de la cuenta.

viernes, 20 de abril de 2012

LAS CALLES DE MI PUEBLO (V): ¿QUIÉN TENDRÍA ESTAS OCURRENCIAS?


               Uno de los temas que primero me interesó teclear en los inicios de este modesto blog fue el de las calles de mi pueblo, mejor dicho, del nombre de las calles de mi pueblo (*).  Ahora, después de tres años y pico, vuelvo a percutirlo. ¿Por qué? ¿Quedó incompleto, tras cuatro entregas? Una cuestión como esa nunca está acabada, no porque el número de calles sea infinito, aunque a menudo se abren algunas nuevas, sino porque siempre cabe sacarle una punta nueva, descubrir un rincón o un recodo, unos balcones, una terraza, unas farolas… Regreso a las calles sencillamente porque he conseguido el plano actualizado de la localidad, con los nombres de las vías más recientes. Y hay algunos que tiran de espaldas.
               Por ejemplo, muchos de los que insisten en el desafortunado principio antroponímico. Uno de los peligros de esa postura consiste en seleccionar nombres muy poco familiares a los vecinos, si no totalmente desconocidos. Ocurre en las urbanizaciones de última construcción, que se concentran en la zona oeste, por detrás de “Santa Catalina” y “Torre Hacho”. ¿Quién sabe algo de Francisco Barrero Baquerizo, quién de Bernardo Simón de Pereda, quién de Mariano Beltrán de Lis, quién de Catalina Téllez, quién de Hipólita Narváez, por ejemplo? Pues todos tienen su calle allí. Otros tal vez les suenen a unos pocos, muy pocos, como demuestra el que los bautizantes hayan creído conveniente anteponer al nombre del elegido (generalmente, y para más inri, antiguo) su profesión o arte: “Pintor Bartolomé de Aparicio”, “Arquitecto Melchor de Aguirre”, “Retablista Antonio Primo”,  “Alarife Martín de Bogas”, “Escultor Diego Márquez”…, aunque muchos lugareños, como yo, lo confieso, ni así los sacamos. Sirvan estas dos relaciones nominales como muestra de errados acuerdos del ayuntamiento, en cuyo “debe” los incluyo.

               Pero hay más. Las rúas que, igual que el niño que nace feo o tiene la mala suerte de que sus padres le pongan Vistremundo, han sido condenadas, oficialmente, a nombres como “Regulares de Melilla” (¿tal vez para hacer simetría con el de Avenida de La Legión, donde vivo, de finales del franquismo?), “Constitución de 1883” (“-¿Dónde vives?  –En la calle ‘Constitución de…’, yo qué sé, nunca me acuerdo del año”)…, entre otras.

               Están, por último, las que pueden levantar discusión y polémica. Así, la que se llama como uno de los alcaldes de la época actual, “José Mª González”, por el hecho de que fue él el primero de la democracia (también ejerció como el último de la Dictadura, pero eso no…); en su contra tiene, aparte de los supuestos errores o deficiencias de gestión (que, no lo sé, pero algunos habría), el que militó en más de un partido político y, por ello, no atrae  -supongo-  respaldo unánime de la comunidad, como debe toda persona que se eleva al rango de titular de una avenida, plaza, institución, etc.  También puede originar división la efemérides “28 de febrero”, pues no todo el mundo  -según se está comprobando en estas últimas fechas-  está de acuerdo con la opción autonómica (me recuerda aquellas calles y barriadas denominadas “18 de julio” en recuerdo de la conocida y desgraciada gesta del 36).
               No por diferencias políticas, pero sí por la misma falta de aceptación universal, pues el ejercicio de su profesión y su trayectoria vital, con luces y manchas, como todo lo humano, transcurrieron hace no más de una década o dos, y está muy fresco el recuerdo, no creo acertados los de “Doctor Ricardo del Pino” o “Remedios Tomás”, entre otros. Además de ese problema, está la duda sobre si su labor o su personalidad poseen la excelencia y relevancia suficientes.
               Por todo ello, como en los juicios, condeno a quienes tuvieran semejantes ocurrencias a…, bueno, dejémoslo en ser olvidados para siempre y no figurar en ningún mosaico de esos en los que están escritos los nombres de las calles de mi pueblo.

martes, 10 de abril de 2012

"LIBERTÉ, EGALITÉ..." EN LA PESCADERÍA


               “Liberté, Egalité, Fraternité”.  Este es el lema de la República Francesa, una especie de eslogan, que hoy, al leerlo por ejemplo en sus euros, relacionamos, de forma algo desenfocada, con la Revolución de 1789. Es, en todo caso, emblema de la modernidad. Tres palabras y un solo deseo, tres conceptos y una sola meta, tres propuestas y una sola utopía, tres personas distintas y un dolo dios verdadero. Si yo tuviera que hacer una teología revolucionaria a partir de esa moral condensada en tres vocablos y debiera luego simplificarla en un catecismo, prensaría la frase y elevaría a dogma supremo la libertad, ese derecho supremo después de la vida.
/2011/01/liberte-egalite-fraternite.html
               La libertad es el supuesto de la igualdad, la justicia, la fraternidad… Sinceramente, prefiero luchar por la libertad del individuo y de la colectividad antes que por la igualdad y la fraternidad. Siendo libres, podemos aspirar a buscar la justicia. Si vivimos como esclavos, ¿de qué sirve que nos consideremos iguales y hermanos en el dolor y la humillación? De casi nada. La libertad es un objetivo que se persigue en exclusiva, ningún otro lleva a él; en cambio, arrastra a otros una vez alcanzado.
               En estas reflexiones sobre la “liberté” ando a menudo. Y un día, participando en una situación de lo más ordinario, vino a mi encuentro la “egalité”. Más de una vez he confesado que soy el comprador titular de mi casa, de mi reducida familia; el que va al mercado, el “agente de bolsa”, como suele decirse ahora irónicamente. Ocurrió una mañana de sábado en la pescadería. Por azar, coincidimos allí como clientes un médico especialista de aparato digestivo, un catedrático de universidad, algunas maestras y yo (catedrático de secundaria), junto a cinco o seis mujeres más, que tenían toda la pinta de ser amas de casa sin más. ¡Cómo han cambiado las cosas!, pensé.  Hace unas décadas, era impensable ver a personas de muy alta jerarquía social y posición económica en una tienda. ¡Y menos, hombres! Cuando la pescadera, una chica muy joven, morena, de perfil, gesto y gracejo pantojiano, me preguntó qué deseaba, recordé algo que me había contado hacía unos meses y que en ese instante adquirió un nuevo sentido: puesto que el trabajo es de media jornada, muchas tardes se iba a “su campo” (una parcela con huerto y casa) a montar un caballo “de paseo” que tiene. De hecho, la pasada feria la vi en la jaca, ataviada con traje de campera. 
                Estuvo a punto de cerrárseme ahí un círculo conceptual: esto se ha nivelado, ya no hay clases, se han derrumbado las barreras, todos somos iguales…, se me vino a los bordes del pensamiento. Me descubrí en un tris de caer en la trampa de las apariencias, de tomar por realidad el espejismo.
                Parecen así, a menudo, limadas las diferencias, desaparecidas las distancias, pero solo lo parecen. ¿Por qué? ¿No lo muestran y confirman hechos objetivos, como aquella confluencia en la pescadería, con todo lo que eso supone y significa, de personas antes tan alejadas entre sí por escalones sociales y ahora prácticamente codeándose en un palmo de terreno y de espacio social? No. Que el médico vaya a comprar pescado en vez de irse a su finca, que el catedrático se quite la chaqueta y la corbata y coja su carrito de la compra, que la pescadera cambie el delantal por la chaquetilla corta y la cofia por el sombrero cordobés, las katiuskas de goma por las botas de Valverde…, algo es, pero muy poco.
               Como puede suponerse por lo que expresé al principio, entiendo que las personas somos  iguales cuando disponemos del mismo grado de libertad. De libertad interior, de libertad para analizar acertadamente y decidir sin coacción acerca de cosas tan importantes como el rumbo de la propia vida, de la libertad suficiente para hacer frente a la propaganda y el consumismo, a la progresía y a la telebasura, etc. Mientras tanto, las coincidencias serán superficiales, engañosas.
               Para mí está claro que la masa de los que fuimos aquel día al pescado era homogénea solo en esto, en el trajín de vender y/o comprar bajo un mismo techo. Nada más. Fuera, el horizonte de libertad real de cada uno y de cada una apuntaba a horizontes distintos en anchura y profundidad. El dinero que le faltaba al señor doctor para que su señora mandase a una de sus cinco criadas a la compra o el que le había llegado a la niña Pantoja para mercarse un elegante caballo, el bajarse los otros de la cátedra en busca de peces para comer, etc., representaban vedaderamente muy poco en términos de “egalité”. Y nada, por sí mismos, en clave de “liberté”.

viernes, 16 de marzo de 2012

LA POSTMODERNIDAD (y II)


(continuación del post anterior)

    7.  Nihilismo sin tragedia. No solo se considera que “las convicciones firmes, que dieron seguridad y razones para vivir a generaciones pasadas, han desaparecido para siempre, sino que se acepta el hecho sin derramar una sola lágrima” (p. 168). Como forma del pensamiento “débil”, esta actitud tiene dos ventajas: una, el que poco apuesta, poco pierde (p. 169); dos, la tolerancia con quienes piensan de otra manera. Una tolerancia que es más bien indiferencia mutua: “vivir y dejar vivir” (p. 173).
    8.  El individuo fragmentado. Al pensar y actuar, el postmoderno “obedece a lógicas múltiples y contradictorias” […]. Sometido a una avalancha de información y estímulos difíciles de estructurar […], opta por un vagabundeo incierto de unas ideas a otras […]. No tiene certezas absolutas, nada le sorprende, sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas” (p. 170). También en sus relaciones “renuncia a los compromisos profundos. La meta es sentirse independiente afectivamente, no sentirse vulnerable” (p. 171). El sexo ocasional es buena muestra de ello. “Una sociedad verdaderamente postmoderna es la constituida por infinitas microcolectividades heterogéneas entre sí” (p. 172).
    9.  El retorno de los brujos. Crecen el esoterismo, las ciencias ocultas, los astrólogos, las sectas… “Es una sociedad peligrosamente frustrada, que se está volviendo cada vez más receptiva a las soluciones carismáticas, mesiánicas y fanáticas” (p. 175). También se da el retorno de Dios, pero “un Dios no demasiado exigente” (p. 176). El hombre postmoderno “prepara él mismo su cóctel religioso”, tan incoherente y fragmentario como el mismo pensamiento. Es una religión “confortable” (p. 177).

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               En el siguiente capítulo, el último del libro, el autor realiza un “balance” de la postmodernidad. Como en todos los apartados donde evalúa, adopta una óptica católica, pues el fin es eminentemente pastoral (conocer al hombre de hoy para proporcionarle el alimento religioso que más y mejor lo nutra). 

               Al margen de esos pasajes valorativos, opinables, discutibles, claro está, creo que consigue trazar una buena panorámica de la mentalidad "moderna" y "postmoderna", que han caracterizado el modo de pensar y ser desde el siglo XVIII en los países dominados por la cultura occidental.

miércoles, 14 de marzo de 2012

LA POSTMODERNIDAD (I)


http://www.margencero.com/articulos/
new03/lyotard.html
               He oído y leído el calificativo “postmoderno” muchas veces, usado en diversos tipos de contextos, desde los que sugieren una intención humorística o irónica, hasta otros más propios del discurso sociológico, histórico e incluso filosófico. Sin embargo, se me ha resistido la extracción inductiva de un valor semántico claro y único, nítido, subyacente a tan diversos empleos. La palabra me atrae, no por sí misma, sino por una suerte de evocación inconcreta que en mí despierta: ¿decadencia?, ¿desengaño?, ¿estar ya de vuelta? Por suerte, acabo de leer un libro breve, titulado Ideas y creencias del hombre actual (L. González Carvajal-Santabárbara, Santander, Sal Terrae, 1991): en mi persecución del concepto, me ha venido de perlas. Analiza y describe, en una primera parte,  la modernidad, nacida con la Ilustración en el XVIII, y a continuación el postmodernismo, que emerge en el siglo XX.  El postmodernismo, se lee al comienzo del capítulo a él dedicado, “es, antes que nada, una especie de talante, un nuevo tono vital” (p. 155), “está hecho de desencanto” (p. 156). A partir de aquí, se exponen una serie de rasgos característicos, en los que he centrado mi interés. Creo que trazan una certera radiografía del movimiento y voy a pasar a resumirlos, casi nombrarlos tan solo, pues más no cabe aquí (he partido el artículo en dos, ya que, pese a todo, tiene una cierta extensión). 
    1. El fin de la idea de progreso. Se ha acabado “el tiempo de las grandes utopías” (p. 157). “Los postmodernos tienen experiencia de un mundo duro que no aceptan […], pero no tienen esperanza de poder cambiarlo” (p. 158). El resultado es la melancolía y el desencanto.
    2.  El final de la historia. La historia no existe como camino o marcha de la Humanidad hacia una meta de mejora, de superación, etc. “La gran historia se disuelve en muchas historias microscópicas. Tantas como individuos” (p. 159). No hay fin ni “objetivos últimos”, “disciplinas de marcha”, “precisas brújulas”, ni “nostálgicas esperanzas” (p. 159). Por lo tanto, y como no hay futuro, lo mejor es “disfrutar del presente” (p. 160), carpe diem.
    3.  Hedonismo. “La postmodernidad es el tiempo del yo y del intimismo” (p. 160). “Hoy es posible vivir sin ideales. Lo que importa es conservarse joven, cuidar la salud…” (p. 162).
    4.  La muerte de la ética. “Cuando queda tan solo el presente, sin raíces ni proyectos, cada uno puede hacer lo que quiera” (p. 163), “nada está prohibido” (p. 164). El único imperativo es ser feliz, hacer cada uno lo que le agrade.
    5.  Declive del imperio de la razón. El hombre postmoderno “valora el sentimiento por encima de la razón” (p. 165). “El racionalismo aburre a la juventud […]. A la tiranía de la razón ha sucedido ahora una explosión de la sensibilidad y la subjetividad” (p. 166).
    6.  El imperio de lo débil y lo ligth. ·”En la postmodernidad no queda más remedio que acostumbrarse a vivir en la desfundamentación del pensamiento” (p. 167), “únicamente hay lugar para el pensamiento débil y fragmentario”: yo, aquí y ahora, digo esto (p. 167). “Es la desvalorización de los valores  'supremos'  y de las grandes cosmovisiones” (p. 168).

(Continúa)

jueves, 1 de marzo de 2012

HUELGAS Y MANIFESTACIONES DE MENORES


               La nuez de este artículo encierra una pregunta. Hoy la formulo por escrito y públicamente, pero llevo años, décadas, haciéndomela a mí mismo. Inútilmente, claro, porque no entiendo de la materia y no he encontrado a nadie que hable del asunto. Se relaciona con hechos como las últimas manifestaciones en Valencia de grupos de estudiantes, extendidas luego a Madrid, Barcelona y otras ciudades.
              Se ha dicho, y yo lo he visto, que muchos de los que han engrosado esas protestas callejeras no son, o no parecen, estudiantes. Desde luego, no exhiben la lozanía propia de la juventud discente, ni siquiera de la del tramo universitario. Podrían ser sus padres o sus tíos o sus padrinos, o bien los equivalentes femeninos de tales parentescos. También se han infiltrado, al parecer, elementos antisistema cuasi profesionales o mercenarios para el alboroto a la intemperie. Las imágenes que pasan en televisión dicen que tipos de todo género ha habido y hay, y seguramente habrá. Incluidos  -cómo no-  adolescentes de instituto, supuestamente titulares de las quejas y los paseos con pancartas y griterío.
               A esto voy. Los muchachos abandonan las clases para ir a donde hayan sido convocados por sindicatos o comités dirigentes, si se trata de horario de mañana, que es el más frecuente. Por la tarde, dependiendo de la región, puede que no haya clase ni, por tanto, faltas. En cualquier caso, se escaqueen o no del trabajo escolar, digo yo: ¿pueden estar esos menores en esa actividad de protesta grupal, cortando calles, interrumpiendo el paso de los ciudadanos, el acceso a comercios u oficinas, jaleando, identificándose ante todos como miembros o simpatizantes o colaboradores de tal o cual sindicato…, sin salirse del perímetro de  lo legal?
               La pregunta a la que aludía es esa, más o menos. Parece simple, pero encierra varias cuestiones, que desgloso: a) ¿puede un menor decidir faltar a clase para ir a una marcha reivindicativa o porque se ha sumado a una huelga?, b) ¿son motivos suficientes que justifiquen la ausencia, incluso si el padre o madre comunican por escrito al centro la razón por la cual tal(es) día(s) el hijo o hija no estaban donde tenían que estar según ley?, c) puesto que la falta al trabajo obligatorio siempre ha de conllevar alguna pérdida si no es por causa mayor (prevista en la norma), pérdida que, en caso de huelga o manifestación, da precisamente valor y credibilidad a la acción, ¿qué pierde un estudiante de la ESO, de Bachillerato, de Formación Profesional o de niveles superiores cuando se salen de las aulas con tal destino?
               En esencia, estoy tocando un punto creo que caliente, que pocas veces se plantea (nunca, he dicho al comienzo), tal vez porque no se sabe cómo abordar: ¿poseen los menores el derecho de huelga, lo mismo que los adultos?, ¿están legitimados para expresar sus posturas y peticiones con la ocupación de espacios o locales públicos, incluso pacífica y civilizadamente?
               No sé qué dice la legislación actual sobre esto. Ni siquiera estoy seguro de que diga algo expresamente. Los derechos de los adolescentes y jóvenes se corresponden con diferentes límites de edad según de qué faceta se trate: consentir la relación sexual, casarse, participar en viajes organizados por el centro escolar, abrir una cuenta en una entidad financiera, firmar un contrato de trabajo, etc.
               Si algún lector está al tanto de lo que prescriben nuestros códigos al respecto, le agradecería que me proporcionara la oportuna información.  
               Cuando a mí me tocaba estar implicado en hechos así, porque mis alumnos se ponían de huelga o se marchaban a manifestarse, actuaba como en conciencia creía era mi deber: aparte de consignar las faltas, daba por explicados los temas, por corregidos los ejercicios, etc., correspondientes a las horas no trabajadas. Y les expresaba a los niños (BUP/ESO/Bachillerato) el fundamento de mi decisión: no otro que el que operaba para que a sus padres les descontaran del sueldo las horas “perdidas” en situaciones similares, según he expuesto arriba. Yo era el agente de sus pérdidas. Nadie solía protestar, lo recuerdo muy bien. Lo que no siempre lograba averiguar era si su silencio significaba la aceptación de la línea de coherencia por mí trazada o si era que no sentían que estuvieran perdiendo absolutamente nada.   

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