lunes, 21 de agosto de 2023

MOGOLLÓN

 


Si afirmo que, como consecuencia de las elecciones del 23 de julio pasado, en el congreso español hay un «mogollón» de partidos, peco quizás de hiperbólico, de un poco exagerado, pero no de mentiroso. Sin contar al que lleva por nombre un verbo de significado acumulativo, como es Sumar, donde existe acopio de más de 15, están las 2 grandes formaciones, el mediano grupo de Vox y otros 5 partidos de reducido tamaño y viva aspiración independentista.

Esta circunstancia no tendría gran trascendencia si no desembocara en un peculiar reagrupamiento simbiótico a la hora de las decisiones. Ya se ha visto el pasado jueves, día 17, en el que los nacionalistas de derechas e izquierdas se pegaron como lapas succionadoras al PSOE, así como también el nuevo partido «de la adición», cuando se procedió a la elección del presidente de la cámara y de la llamada Mesa del Congreso. En el ala derecha fue menos espectacular la asociación, pues solo añadió dos votos de otros tantos partidos al PP. El único que careció de aditamentos fue Vox, que respaldó por su cuenta al candidato propio.

Parece que, durante la recién comenzada legislatura, unos veintitantos partidos llevará colgados el Partido Socialista, pidiendo ser sostenidos y alimentados de continuo por él, con consentimiento mutuo. No cesarán de pedir, pues, conociéndolos como se les conoce, padecen un hambre infinita, insaciable; y el partido que los ha adoptado, en extremo generoso ―a costa de la ciudadanía, claro―, dará y dará ni él sabrá hasta cuándo. Decir sí a todo, satisfacer todos los caprichos ―dinero, poder, amnistía, despenalización…― de los pequeños, a los que lleva tiempo malcriando. Contentarlos como un auténtico padrazo, no privarlos de nada. «No importa, pedid por esa boquita, bonitos míos».

Los estudiantes tienen un término para apodar al maestro o profesor poco exigente, que concede a los alumnos todos los recortes del programa que soliciten, toda la vista gorda para errores en los exámenes o en preguntas de clase y, en definitiva, el anhelado aprobado prácticamente general en junio. Es un tipo de docente débil, condescendiente, blando, sin criterio ni carácter. Ese término es «mogollón». Con un «maestro mogollón» (uso el masculino inclusivo), los alumnos ―y sus padres― mandan, exigen, logran… Paradójicamente, lo desprecian en el fondo, lo ridiculizan y repudian tamaña falta de personalidad, de responsabilidad y de profesionalidad, como se dice ahora…, pero se aprovechan de él hasta no parar.

Mogollón, otra vez la palabra. En el sentido, ahora, del argot estudiantil le cuadra, creo, al ya aludido PSOE, el actual, (auto)convertido en magnánimo protector de tantísimos partidos ansiosos de ganancias, de favores. El PSOE mogollón, incapaz de pronunciar en casa la palabra «no», salvo para defender a muerte a sus hijuelos de los lobos externos, derechosos. Un ser dominado, sometido, sin voluntad, sin otro rumbo y finalidad que ir tirando como sea…, no verse en la calle abandonado, igual que el marido al que la esposa domina y explota, el llamado «calzonazos», una de las peores injurias, todavía, que se puede proferir en este caso a un hombre. En política, el mogollón, el calzonazos, en masculino o en femenino, solo aspira a mantenerse a costa de regalar la luna, de renegar de la propia identidad si hace falta en favor de todo aquel, quienquiera que sea, que se preste a levantarlo  y sostenerlo en pie. 

 

Claudio Repellón

 

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martes, 15 de agosto de 2023

MENTIRAS

 


Hay muchas maneras de no decir la verdad. O sea, de ocultar o deformar una realidad, un hecho, un pensamiento, un estado de ánimo, una opinión. No a todas las formas de esconder lo que debería ser mostrado se las llama mentiras, falsedades, falacias… ni nada parecido.

Para simplificar, me referiré a una de las trolas camufladas: se denomina eufemismo, cuya etimología, como se sabe, equivale a «buen decir, hablar bien». En el terreno del sexo y la escatología superabunda: «delantera» por «pechos, senos o ubres…», «hacer pis» por «mear, orinar», «hacer el amor» por «copular, follar…». Se ve que la intención es desechar ciertas alusiones un tanto inelegantes, y por eso vedadas (en un ámbito sociocultural determinado), en favor de otras más aceptables. Un concepto muy próximo al de eufemismo es el de sinonimia, consistente en la coincidencia de significado, total o casi total, entre dos o más palabras, que resultan intercambiables: «iglesia»- «templo», «calle-vía», «rojo-encarnado», etc. De suyo, no van los sinónimos encaminados a encubrir los matices repudiables de ciertas palabras, como en el eufemismo. Esa es la principal diferencia. La sinonimia tiene un gran rendimiento para la galanura expresiva, pues ayuda, por ejemplo, a no repetir excesivamente un mismo término.

Hay otros eufemismos y juegos sinonímicos menos cándidos y mucho menos disculpables. Son aquellos que intentan alterar el valor semántico o percepción social de ciertos vocablos, con objeto de librarse del perjuicio que acarrearía, por contagio, su empleo. Pensemos en las varias formas de referirse a las personas de raza «negra» evitando este adjetivo, para no ser tildado de racista o xenófobo. En EE.UU., donde siempre ha representado un gran reto y requerido una solución urgente, ha acabado por imponerse el compuesto «afroamericano», que parece, a los oídos de los norteamericanos,  más dulce, poco o nada despectivo. Hago un paréntesis para pararme en el hecho, curioso, de que otras denominaciones, como «chino», «indio» o «esquimal», no presentan absolutamente ningún problema parecido en ningún sitio ni necesitan sobrenombres atenuados.

En el discurso político abunda la segunda modalidad eufemística o sinonímica y en él muestran con todo vigor y descaro su poder manipulador, que es lo que en el fondo les otorga valía. Algunos partidos españoles son más proclives y están más duchos en este mecanismo que en otros, así como también algunos temas concitan más embustes que otros. Así, por ejemplo, las negociaciones para formar alianzas, captar socios que faciliten investiduras o permitan la gobernabilidad, se califican de «discretas», cuando en realidad discurren con total opacidad, es decir, son «secretas». ¿Se aprecia la oscilación eufemística desde «secreto» hasta «discreto» para que las cosas parezcan lo que no son? Se hace tan amplio el significado de «discreto», que llega a abarcar incluso lo «secreto», término nefando en democracia. ¡Cuántos pactos o acuerdos trascendentes para la sociedad se cierran en pasadizos subterráneos, protegidos de la luz, siendo en todo caso redimidos, por el sobrenombre eufemístico de «discretos»!      

Siguiendo con la sinonimia falaz, tenemos la expresión «cambio de criterio», que, con ese aire de sana operación cognitiva, encierra lo que es una simple maniobra para encubrir anuncios o promesas falaces, no cumplidos: «no se subirán los impuestos», «no pactaremos con partidos como X», «no habrá indultos», etc., etc. Luego, cuando la ciudadanía pide cuentas, se escudan quienes así hablaban detrás de la expresión «ha sido solo un necesario y oportuno cambio de criterio». Naturalmente, todos entendemos ―aunque callemos― que se trata de algo tan viejo y evidente como «donde dije digo, digo Diego», o sea, que aquellos ofrecimientos y propuestas eran cuentos chinos, como suele decirse. Otra frase de parecida calaña es esa de la «mayoría social» con que se reviste la formación de una coalición de grupos o partidos de ideología y trayectoria no solo diversas, sino opuestas y hasta incompatibles. De ello me he ocupado en otro escrito («El bloque progresista», EL BLOQUE PROGRESISTA (ramosjoseantonio.blogspot.com). La absoluta falta a la verdad está clara y patente hasta para ciegos y sordos, pues la coincidencia de los partidos así reunidos es, lisa y llanamente, el puro interés y beneficio de todos ellos. De ahí nace el «gobierno de progreso» (¡!), que en realidad puede tener más colores que un puesto de chucherías.

La conclusión es muy sencilla: tenemos que estar muy atentos a las palabras, pues encierran muchas veces más poder y peor intención de lo que parecen y porque ejercen, bastantes, una imbatible tiranía, sobre todo si se pronuncian o escriben con un desvío estratégico, analizado en lo que precede, y con una persistente y calculada asiduidad; poder que se basa en que la lengua crea muy a menudo, si no la realidad, sí el modo de verla y entenderla. Y así, una operación «secreta» puede terminar por creerse de verdad solo «discreta», un revuelto variopinto de grupúsculos  o un gobierno Frankestein (no sé cómo no los han ataviado ya con el apodo eufemístico de «Prometeo»[1]) pueden pasar a ser vistos como «progresistas» de verdad, etc., etc. O sea, lo que era mentira o medio mentira se convierte en verdad total. ¡Cuidado con los eufemismos y con la sinonimia aviesamente manejados!  

                    

Claudio Repellón

 



[1] El título de la obra de Mary Shelley es Frankestein  o el moderno Prometeo, para hacer ver la creación de un ser vivo artificial como un acto de rebelión contra el poder divino, semejante al que cometió Prometeo al robar el fuego a los dioses y darlo a los hombres.

sábado, 5 de agosto de 2023

ODIO, REPULSA

 


El 14 de diciembre de 2003, siendo Secretario General del PSOE José Luis Rodríguez Zapatero, la facción catalana de este partido (PSC-PSOE) firmó un documento junto con algunos otros de signo independentista o afectos a esa ideología (Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC-PSOE – Ciutadans pel Canvi Esquerra Republicana de Catalunya Iniciativa per Catalunya Verds – Esquerra Unida i Alternativa), que fue llamado «Pacto del Tinell», por haber sido suscrito en el Salón del Tinell, dependencia del Palacio Real Mayor de Barcelona. La mayor parte de dicho documento se refiere a la actuación de las formaciones políticas catalanas y del govern. Pero hay un pasaje, centrado en las relaciones con el PP, que dice así:

«Los partidos firmantes del presente acuerdo se comprometen a no establecer ningún acuerdo de gobernabilidad (acuerdo de investidura y acuerdo parlamentario estable) con el PP en el Govern de la Generalitat. Igualmente estas fuerzas se comprometen a impedir la presencia del PP en el gobierno del Estado, y renuncian a establecer pactos de gobierno y pactos parlamentarios estables en las cámaras estatales».

Semejante exclusión o veto del partido conservador, que no pueden calificarse sino de absolutamente antidemocráticos, fueron conocidos posteriormente como «cordón sanitario», o sea, barrera que el PP, como grave apestado, no debería traspasar para así preservar a españoles de un grave contagio y de la muerte. Más exactamente, que no se debería dejar al PP traspasar… ¡Tremendo!

Cito este hecho y este documento porque, en opinión de muchos analistas y políticos de vario credo, tuvieron una enorme trascendencia en la vida pública de nuestro país. En primer lugar, impidieron negociaciones y posibles acuerdos entre los dos grandes partidos de nuestra democracia: el PSOE y el PP. Todavía lo son, con altibajos en el número de votos y escaños, pero aún persisten los mandatos del Tinell, desde que fueron puestos en práctica inmediatamente. ZP, que así se transformó en logotipo comercial el líder de los socialistas, y su discípulo y seguidor Sánchez se han encargado de ello, aireando sin sonrojo y aun con descaro y satisfacción la expulsión del PP y su condena sin remisión, debida al único pecado de seguir una línea conservadora, indigna, según los atacantes, de ser admitida en el ruedo de la democracia, donde solo tiene cabida la progresía, es decir, «nosotros» (y «nosotras», claro). La última acción derivada de la doctrina del Tinell ha sucedido estos días en Ceuta, donde el PP y el PSOE locales habían alcanzado un acuerdo de gobierno y la dirección nacional, léase Sánchez, ha prohibido la firma de tal acuerdo, para extrañeza de todos, empezando por los propios socialistas ceutíes.

Todavía recuerdo mi desconcierto cuando, después de la victoria de ZP sobre Rajoy en 2004, días después de los mal investigados atentados de Atocha, vi que no cesó ahí el ataque mitinesco contra el partido derrotado, el tono agresivo, provocador, el enojo, la belicosidad con que el ya investido presidente lanzaba invectivas contra el que había sido rival, odiado rival eso sí, pero ya solo adversario rendido. El jefe socialista fue incansable en sus arremetidas durante toda la legislatura, cosa que a muchos chocaba e incluso aburría, pues no tenía al parecer razón de ser. Pero, en realidad, si que había un motivo, o mejor dos: desprestigiar y provocar a la derecha, o sea, instigarle a que respondiera a sus ataques, y también encender la llama de la crispación, que es como se viene llamando desde entonces la pelea, la riña constante, la reyerta permanente, el intercambio de zarpazos verbales... en el circo político. Situación cuyo origen y causa siempre se achaca «al otro», naturalmente. En una conversación privada de ZP con un periodista adepto, al que se le había olvidado cerrar el micrófono, aquel le dijo, más o menos: «Creo que conviene meter más tensión ahora». Tensión es un sinónimo eufemístico, de los que tanto abundan en la contienda que desde entonces ocupa horas y horas a demasiados de nuestros representantes. El actual presidente, Sánchez, es fiel discípulo y continuador de ZP en lo que toca a las maneras y modos de discurso político, en el que siempre, antes o después, culpa a «la derecha y ultraderecha» de algo, lo que sea. Así, la crispación, o como se quiera llamar, ha ido en aumento. Por citar a otro alumno aventajado en la práctica del ataque arbitrario y desmedido, siempre interesado, es el pintoresco joven Rufián, que incluso ha llegado a ser expulsado de alguna sesión del Parlamento.  

Esta forma de relacionarse, tanto las personas como los grupos, no puede sino dar lugar al odio, la repulsa, que es lo que exhiben muchos de los actuales integrantes de la política en sus declaraciones y discusiones. Da igual que sean reales ―de verdad sentidos― o simulados; para el caso es lo mismo. Las sesiones del Parlamento son espectáculos estomagantes, donde, más que presentar propuestas, proyectos, medidas… sobre los asuntos que interesan al país, se arrojan venenosas víboras por las bocas ponzoñosas de sus señorías. El respeto, la escucha, el diálogo, la negociación (acercamiento, cesión), la formación de alianzas, los pactos… son imposibles en esta hora de España, en la que tan necesarios son, sin embargo, los acuerdos «de Estado», como la educación, la justicia, la sanidad, la actividad en el exterior, etc.   

Un efecto más de esa conducta dominada por los enfrentamientos y contraria a la negociación y el consenso, prácticamente imposibles, es que prefigura un modelo que se trasmite hacia abajo, que se imita en la calle, donde las posturas, las ideas, las opiniones… no es que diferencien a los ciudadanos, es que a muchos y muchas veces los enfrentan, los incomunican, los arrastran a la reyerta, la escandalosa trifulca, por el más nimio desacuerdo. No se ve otro modo de debatir.

Por desgracia, el cuadro tiene mucho de salvaje.

 

Claudio Repellón

miércoles, 2 de agosto de 2023

LA IZQUIERDA SIEMPRE


 

En la jornada electoral del 28 de octubre de 1982, el Partido Socialista Obrero Español obtuvo una abrumadora mayoría, nunca superada: 202 escaños en el Congreso. Su líder, Felipe González, sería presidente durante casi 14 años, casi cuatro legislaturas. Todos los que tenemos edad para ello, recordamos a Felipe y Alfonso Guerra asomados a la ventana del hotel donde se hallaban, abrazadas sus manos en alto, siendo aclamados por la multitud. Esa victoria sacaba a la luz, creo yo, el deseo de muchísimos españoles de otorgar el mando de la nación a la izquierda, deseo contenido hasta entonces por el recelo, la inseguridad, el «miedo a los rojos», que permanecían en la conciencia política de cientos de miles de votantes, provenientes de la época franquista.

Desde la noche del 28 O, la formación de Felipe y Guerra ha sufrido un proceso de desgaste, durante el cual ha perdido respaldo (recordemos, como hitos significativos, las mayorías absolutas del PP con Aznar y Rajoy), aunque ha mantenido un suelo suficiente. Yo diría más: la población en general admite todo aquello que suene a progresista con más facilidad que lo que huela a conservador, a pesar de que en determinados momentos los errores de los gobernantes socialistas hayan alimentado el voto a favor de la derecha, que tal vez más de uno y más de dos votantes ha depositado con cierto sonrojo. Recuerdo haber visto actitudes como de liberación, similares a los del preso que es excarcelado, cuando Zapatero desplazó al partido popular del gobierno, y las mismas alegrías al llegar su heredero político Sánchez. Se sabe que siempre ha necesitado el PP mayor esfuerzo, más medios, más ingenio… que cualquier otro partido para conquistar, retener o recuperar adhesiones en las urnas. Tanto quiere al PSOE el conjunto de sus seguidores que están dispuestos a perdonarle todo, absolutamente todo, desde el hábito permanente del engaño, el compadreo con los independentistas, aunque sean tan ultraconservadores y huelan a rancio, y además pongan precios exorbitados a su respaldo, la discriminación de bastantes autonomías a favor de las catalana y vasca, etc. Todo se perdona, todo, y se olvida. El PSOE fue una vez el amor prohibido y, luego, seguiría gozando durante un largo período del recuerdo perdurable del aquel primer enamoramiento, cándido, ingenuo. 

Por si no bastara, el par Zapatero-Sánchez, aprovechando la tolerancia, el aguante del partido, desnaturalizado en buena parte por ellos mismos y sus secuaces y ensanchadas sus tragaderas hasta el infinito, ha hallado un modo de compensar la pérdida de apoyo electoral, precisamente durante sus mandatos. Me refiero a las alianzas con quien sea y a costa de lo que sea (total, lo van a pagar los buenos españolitos) para subir al sillón de la Moncloa o no levantarse jamás de él. Hablé de esta vergonzante práctica, hipócrita y deshonrosa, en otro escrito reciente.

En la última jornada electoral, el caluroso 23 de julio, el total de escaños socialistas logrados en el Congreso solo se incrementó en uno, lo que viene a significar que, prácticamente, el partido mantuvo la cifra de 2019. Sin embargo, los dirigentes la celebraron como si hubieran ganado el Mundial de Fútbol ―cuando, en realidad, habían perdido claramente―, junto con sus aliados de extrema izquierda y, en el fondo, los que se saben y se consideran sus socios, independentistas y/o derechosos. También cantaron y bailaron, estoy seguro, miles de militantes y simpatizantes, nostálgicos, jovencitos, sanchistas y/o mantenidos, que, pese a todo, no desfallecen.

 

Claudio Repellón

domingo, 30 de julio de 2023

REPARTO DE ESCAÑOS II

 


Según la lógica de Perogrullo, cuando se celebran unas elecciones políticas, el número de votos otorgados por el ciudadano a un partido o a otro se corresponde con la cifra de congresistas, senadores, diputados, concejales… que ostentará dicho partido en las instituciones correspondientes. Así, si el Partido Popular, pongamos por caso, tiene en el próximo Congreso 137 escaños, es porque ha obtenido más de 8.000.000 de votos. Y el Partido Socialista, 121 porque el número de votos ha sido algo menor, etc. Es decir, que a tantos votos, tantos diputados, aplicando unas operaciones matemáticas simples de suma y división. En cierto modo el proceso de asignación de representantes políticos en las instituciones se desarrolla así, pero, ojo, solo en cierto modo. Según lo que voy a explicar, algo en dicho proceso deforma un tanto los datos surgidos de las urnas.

Esto ocurre, sobre todo, en el Congreso de los Diputados y en los ayuntamientos. Y se debe a la interposición de una especie de filtro, que impide la transcripción directa de las cifras de votos en números de congresistas o concejales. Ese filtro se llama el «método D’Hont» o «Ley D’Hont», que llevan el apellido de su creador, el abogado belga Victor d’Hont. Fue desarrollada a finales del siglo XIX y está implantada en bastantes países, en su forma originaria o con alguna modificación. El principal efecto de este mecanismo es que la representación de la ciudadanía que detenta el Congreso en España no es directa, sino proporcional. Consiste en efectuar una serie de divisiones del conjunto de los votos de cada partido en cada provincia ―la provincia es la unidad de referencia a efectos electorales― y ordenar los sucesivos cocientes de mayor a menor, para así conceder escaños por este orden, hasta agotar los determinados de antemano para cada circunscripción. Copio el siguiente ejemplo del portal de Wikipedia, que simula la situación de una provincia con 7 diputados, establecidos por ley, de acuerdo con la dimensión del censo electoral:

 

Partido A

Partido B

Partido C

Partido D

Partido E

Votos

340 000

280 000

160 000

60 000

15 000

Escaño 1

(340 000/1 =) 340 000

(280 000/1 =) 280 000

(160 000/1 =) 160 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 2

(340 000/2 =) 170 000

(280 000/1 =) 280 000

(160 000/1 =) 160 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 3

(340 000/2 =) 170 000

(280 000/2 =) 140 000

(160 000/1 =) 160 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 4

(340 000/3 =) 113 333

(280 000/2 =) 140 000

(160 000/1 =) 160 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 5

(340 000/3 =) 113 333

(280 000/2 =) 140 000

(160 000/2 =) 80 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 6

(340 000/3 =) 113 333

(280 000/3 =) 93 333

(160 000/2 =) 80 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaño 7

(340 000/4 =) 85 000

(280 000/3 =) 93 333

(160 000/2 =) 80 000

(60 000/1 =) 60 000

(15 000/1 =) 15 000

Escaños asignados

3

3

1

0

0

Escaños proporcionales

2,78

2,29

1,31

0,49

0,12

https://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_D%27Hondt

 

Por otra parte, se da una desproporción ostensible en la designación de escaños a las provincias. Así, por ejemplo, mientras que a Murcia le corresponden 10 diputados, Ciudad Real, con solo u 2,5% de población respecto a la anterior, elige 5 diputados; si se respetara la diferencia de habitantes, solo tendría 2 o, todo lo más, 3, pero no 5. Esto hace que los diputados, sean del partido que sean, necesiten menos votos en Ciudad Real que en Murcia (dicho de otro modo, «pesen» más). Además, la ley electoral permite que un determinado partido se presente en todas las circunscripciones o solo en una parte de ellas. Esto segundo es lo que ocurre con las formaciones regionalistas, a las que los escaños les «cuestan» menos votos que a los de ámbito nacional,  ya que la población de referencia es mucho menor. En este artículo queda muy claro el asunto del valor en votos de los escaños:

https://www.europapress.es/nacional/noticia-elecciones-cataluna-2021-cuantos-votos-vale-escano-20210127125505.html .

 

Otro aspecto destacado de la normativa electoral es el de la asignación de restos, es decir, de los votos sobrantes una vez realizada la primera distribución de escaños a los partidos en cada provincia; sobran por el simple hecho de que los diputados no se pueden dividir en porciones como los números en decimales. No entraré, no obstante, en esa cuestión ahora.

Las anteriores comprobaciones creo que bastan para mostrar lo que me proponía: el reparto y la formación de los grupos políticos en el Congreso y demás órganos de representación no reflejan exactamente las votaciones ciudadanas. Más aún, esta distorsión no beneficia o perjudica a todos por igual: los partidos que salen ganando son los de ámbito nacional con muchos votantes (los grandes partidos), hecho que favorece el bipartidismo, y también los que se circunscriben a una región o incluso una provincia. Los perjudicados son los partidos medianos con implantación nacional. Consecuencia de todo esto es que en el Congreso español, por ejemplo, estén sobrerepresentadas las opciones de carácter regional (e incluso independentista), como PNV, ERC, EH BILDU, JUNTSxCAT, etc., con relación al número de papeletas en las urnas.

La idoneidad de esta modalidad de representación proporcional, definida en la ley electoral, está sujeta a discusión y controversia desde el principio de la moderna democracia en nuestro país. En líneas generales, las opiniones no le son favorables. No hay duda de que tiene un sesgo hacia la supremacía de los grandes partidos (PP y PSOE) y a los grupos regionales. Al parecer, esta fue la intención que se perseguía al aprobarla. Se afirmaba la necesidad de evitar la excesiva fragmentación del parlamento, sin perjudicar a los pequeños partidos nacionalistas (¡Si hubieran siquiera atisbado el poder que, pasadas algunas décadas, alcanzarían!). Señalemos, por último, la existencia de otros modelos de distribución proporcional más flexibles y menos distorsionadores, como el método Sainte-Laguë o el sistema danés.

 

Claudio Repellón

 


REPARTO DE ESCAÑOS I

 



Pocos españoles, y pocas veces, se interesan por el Senado. Salvo en contadísimas ocasiones, la cámara alta no ocupa lugar tampoco en los medios de comunicación, tan solo se da información a raíz de las elecciones generales, donde se votan los candidatos a senadores. De forma excepcional, obtuvo protagonismo político y mediático hace unos años, cuando aprobó la aplicación del artículo 155, que supuso la suspensión de la Autonomía Catalana en 2017. Esta acción corresponde en exclusiva al Senado, que tiene una consideración de órgano de representación territorial. Pocas más funciones de verdadera trascendencia posee en el momento actual y desde sus inicios.

Para la legislatura que comenzará en agosto, cuando se constituyan las dos cámaras, el Senado tendrá 208 miembros elegidos y 57 designados por las autonomías, 265 en total; la mayoría absoluta será de 105. La distribución por partidos de los senadores elegidos será esta, considerando solo las dos formaciones principales:

120  PP  (34% del total de votos)
  72  PSOE  (32,5% del total de votos)

Así pues, la mayoría absoluta la detentará el PP incluso sin la suma de los senadores por designación. De todos modos, los senadores del PSOE nombrados serán también menos, ya que el PP, solo o en coalición, tiene mayoría en casi todas las autonomías. En el Senado, pues, el triunfo de este partido en las elecciones del 23 de julio ha sido rotundo.

Pero, para hilar más fino, comparemos las cifras del Senado con estas otras, resultantes en el Congreso:

136  PP  (33,05% del total de votos)
122  PSOE  (31,7% del total de votos)

¿No choca un tanto que, con porcentajes de votos ciudadanos casi idénticos, la asignación de escaños difiera con tanta claridad en una y otra cámaras? Así, mientras en el Senado los escaños del PP superan el 57% del total de senadores elegidos y los del PSOE están en el 35%, en el Congreso los números son bien diferentes: PP  38,9%  y  PSOE 34,9%. Es decir, si en el Senado la distancia en términos porcentuales entre los dos partidos es de 22 puntos, en el Congreso es solo de 4. No hay duda de que son datos objetivos y oficiales, pero que causan bastante extrañeza. Y dan que pensar.

No es necesario indagar mucho para dar con la causa: en uno de los dos ámbitos de representación, Congreso o Senado, se aplica un mecanismo cernedor, es decir, un filtro que origina esa diferencia. Dicho sistema no es otro que la llamada Ley d’Hont, que opera sobre las cifras del Congreso, haciendo que la distancia entre PP y PSOE no se corresponda con la que se evidencia en el Senado, donde no se aplica. Dicho de otro modo, el partido ganador recaba menos porcentaje de congresistas que de senadores, mientras que con el segundo ocurre al revés.

¿Es justa esta medida? Desde luego, legal es, desde que rige la democracia en España. No se puede negar, sin embargo, que choca bastante. Solo en una de las dos cámaras de representación, el Senado, el deseo y la voluntad que la ciudadanía muestra al votar («lo que la gente ha votado de verdad», podría decirse) se respetan con pulcritud, sin que medie fórmula matemática alguna de carácter «corrector» (hay quien la considera «falseadora», «deformante»), cosa que sí ocurre en el Congreso, órgano no obstante mucho más decisivo en el orden político que el Senado.

En alguna de las legislaturas primeras de nuestra democracia se discutió bastante sobre esta norma, que, para más inri, sobrevalora los votos que se dan a los partidos minoritarios, es decir, que tan solo se presentan en un número de provincias muy limitado; suelen ser los partidos regionalistas o independentistas. Remito para el tema a este excelente artículo de G. Albiac: Gabriel Albiac | Tareas inaplazables (eldebate.com). Creo, con este autor, que es hora de poner sobre la mesa de nuevo aquella discusión, seguramente abandonada a causa de ciertas compensaciones que los grandes partidos y los partidos pequeños se intercambian sin pudor y sin reparo a que se dé el caso (puede que cercano) de que una formación casi insignificante, separatista además, tenga en su mano decidir quién gobierna en España.  

 

Claudio Repellón

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