Vamos a suponer que, como suele ser frecuente en los blogs, elijo una noticia y la traigo aquí para comentarla, citando la fuente, según es norma. Y vamos a suponer que la fuente es el periódico La Gaceta. ¿Qué ocurriría? Estoy seguro, segurísimo, de que muchos de mis visitantes abandonarían en ese instante la lectura y para siempre jamás el blog, espantados como si hubieran visto al diablo, temerosos de contraer alguna grave enfermedad ideológica por simple contagio o mera aproximación. Correrían a mover el cursor hacia la “x” de cerrar, mirando hacia todos lados por si alguien los había estado observando.
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Es una suposición, recuerdo. Vamos a hacer otra: imaginemos que el diario de donde he sacado la noticia es El País. De no diferente manera se comportaría otro buen puñado de lectores de esta modesta página y por las mismas razones, aunque de signo opuesto (tal vez no fueran tantos, pues se agolpan más españoles en una acera que en la contraria).
Bueno, pero esto… ¿qué es lo que es?, digo como decimos en mi tierra, cuando preguntamos con cara de asombro.
Ocurre, más o menos, como antes sucedía en los pueblos pequeños, donde la mayoría de habitantes eran personas de escasa cultura y preparación, dominadas por prejuicios y caciques: no podían tus hijos juntarse con los de… porque…, no podías entrar en ciertas casas porque…, no podías vestirte de determinada manera porque…, no podías contestarle a Don… porque…, no podías faltar a misa porque…, no podías decir que… porque…, no podías leer o escuchar… porque… ¿Por qué? ¡Porque estabas perdido! Y, por lo tanto, asustado.
De donde se deduce que, si algún día yo no nombro el periódico en el que he encontrado el titular comentado en mi blog, ya podéis imaginar el motivo. Lo mismo pensaré de todos los autores que se comporten así.
Hemos hecho un pan como unas tortas.
