domingo, 28 de febrero de 2010

EL ANDALUZ GRANADINO Y ALMERIENSE

¿Se puede añadir algo interesante a lo ya publicado sobre la manera de hablar en el Sur de España, es decir, en Andalucía y alrededores (Murcia, Extremadura, Ceuta y Melilla…? Pues

resulta difícil, porque a lo largo del tiempo se han ido acumulando cientos de análisis, observaciones, comentarios, valoraciones… sobre las peculiaridades del español meridional. Un hito importantísimo para conocimiento de las hablas andaluzas fue el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía (1961-1973), de M. Alvar, A. Llorente y G. Salvador. Anteriormente, la referencia clara más antigua que conozco es la del Arcipreste de Hita (s. XIV): en su Libro de Buen Amor, pone en boca de uno que erró al pretender los favores de una dama: “tomé senda por carrera,/ como faz el andaluz” (“tomé senda por carretera/ como hace el andaluz”). Y las monografías de cierta amplitud y entidad más recientes que he visto son estas: R. Cano Aguilar y M.D. González Cantos: Las hablas andaluzas, y, sobre todo, J. Mondéjar: Dialectología andaluza.
Sirva esta breve mención documental para expresar modestamente que, por razones profesionales y por afición personal, he leído bastante sobre nuestro modo de usar el español. Digo “nuestro” porque nací y vivo en Andalucía. No lo he leído todo, claro, pero sí lo suficiente como para poder afirmar, como he hecho al comienzo, que no está al alcance de cualquiera efectuar aportaciones de importancia en esta materia.


Hoy, sin embargo, Día de Andalucía, me atrevo a escribir sobre un hecho dialectal que no he encontrado recogido en ningún estudio, repito, de los que conozco. Y, sin embargo, es algo que resulta evidente para todos los de la región; aunque casi sólo para nosotros, porque hay que tener el oído muy fino y muy entrenado para apreciarlo si se pertenece a otros dominios lingüísticos. Me refiero al tono especialísimo, peculiarísimo, que tienen los granadinos y los almerienses al hablar, tono que tampoco es el mismo en unos y en otros. Consiste en una manera de articular las afirmaciones, las preguntas y otras muchas clases de enunciados, con unas curvas melódicas que no he oído en ninguna otra parte de Andalucía ni de España. Paralelamente, tampoco he encontrado estudios descriptivos de tal fenómeno, ni siquiera alusiones de pasada, más o menos impresionistas, salvo lo que puede haber de sugerencia -si es que hay- en el conocido y archirrepetido tópico de la “mala follá granaína”. Por esa carencia de investigaciones, no me es posible detallar aquí en qué consiste exactamente la particularidad a la que me refiero, en términos de fonética o tonemática. De otro lado, me faltan instrumentos conceptuales y técnicos para lanzarme a la tarea. Cosa que no me impide dar(me) cuenta de la existencia de esos tan llamativos tonillos.
Invito, pues, a quienes lean estos párrafos a que se apresten a identificar de oído -y disfrutar- esa peculiar manera de modular las frases, cuando estén en presencia de personas originarias de las provincias correspondientes (porque las isoglosas casi coinciden, en general, con los límites geográfico-administrativos). Insisto que, siendo equiparables en su singularidad, no son exactamente iguales en Almería y en Granada.
Dos notas distintivas más define lo singular de Granada y Almería: una, su manera de entonar las frases es absolutamente inimitable. En el teatro, en el cine, en la televisión, en la radio…, y también en la vida diaria al contar chistes, por ejemplo, gente de habla castellana (o sea, “del norte”) suele tratar de remedar a los andaluces con mayor o menor fortuna, según el grado de habilidad. Casi siempre se trata del habla sevillana o, en general, del occidente andaluz, Cádiz, Huelva... Pero jamás he asistido a una imitación de esos exclusivos dejes granadino y almeriense, ni conozco a nadie que lo haya intentado seriamente. Tampoco los andaluces de otras provincias creo que podamos reproducirlos. El segundo rasgo nos sitúa en otra perspectiva: una vez que, de niño, se “aprende” ese acento, ya nunca desaparece, es decir, no se puede cambiar ni disimular. O es casi imposible hacerlo totalmente.
Por ser hablantes únicos, inconfundibles e inimitables, entre otras cosas, felicito a granadinos y almerienses. Y a todos los paisanos en general en la festividad de nuestra región.

miércoles, 24 de febrero de 2010

LAURA (Cuento)

Laura vivía en una casa muy grande y muy lujosa, casi un palacio, porque sus padres eran inmensamente ricos. Tenía todo lo que deseaba, muchos vestidos y zapatos, muñecas, libros de cuentos, ordenador, videojuegos, consola… Siempre comía lo que quería… Le daban todos los caprichos: para eso –decían sus progenitores- era la única hija y disponían de tanto dinero. La querían como no se puede querer más y la llenaban de tiernas caricias y amorosos besos. La niña era feliz y no echaba nada de menos. No debía ir al colegio, porque una profesora le enseñaba en su propia casa, con mucha paciencia, todo lo que necesitaba aprender.

Un día, pocas semanas después de cumplir Laura los 7 años, su padre enfermó. El mal que contrajo era incurable. Sin que nada pudieran hacer los más reputados médicos, a los que acudieron esperanzados, murió el día de Navidad, tras varios meses de enormes sufrimientos.
Laura se sumió en una gran tristeza. Lloraba amargamente día y noche. Al principio, como no creyéndose del todo la desaparición de su amantísimo padre, vagaba durante horas como loca por todas las habitaciones, por el jardín…, tal vez pensando que se hallaba escondido y debía buscarlo. Luego, con el paso de los días, se le secó el llanto y, con sumisa resignación, se recluyó en su dormitorio. Había perdido aquellos firmes y cálidos abrazos de varón, y también el sentimiento de protección y seguridad que le proporcionaba su padre.

Salía muy poco, y sólo por complacer a su madre, igualmente muy apenada. Algunos días iban a un parque cercano, lleno de pájaros de agradables colores y melodiosos trinos. Aunque se encontraban allí con otras niñas que, sin retirarse de la proximidad de sus madres o cuidadoras, correteaban y jugaban alegres, Laura nunca demostraba interés por sumarse a sus entretenimientos y diversiones. Ni siquiera se acompañaba de alguna de sus muñecas, ni llevaba su elegante bici…

Una tarde, recibieron la visita de un tío, hermano de su padre. Entre los dos habían llevado adelante el próspero negocio de vinos, con el que la familia se había enriquecido, desde que lo iniciara el abuelo. Laura oyó parte de la conversación entre su madre y él. Con expresión preocupada, comprobaban el descenso de los pedidos y, lógicamente, de los ingresos y ganancias. La madre de Laura ni siquiera había intentado suplir a su difunto marido en una tarea que no entendía en absoluto; se culpaba de que, tal vez, si hubiera hecho un esfuerzo… La niña, atenta más al tono de las palabras que al sentido, interpretó que la ruina estaba al acecho. Con el corazón encogido, corrió a su habitación.

En los días siguientes, Laura se dedicó a hacer balance de su ajuar y, en general, de los objetos que le pertenecían o que usaba. En ese conjunto incluyó no sólo el mobiliario de su dormitorio, sino también el personal que la cuidaba y enseñaba: una niñera y la maestra. Hizo propósito de economizar todo lo posible y conservar intactos el máximo de objetos y prendas, para cuando -pensaba ella- cayesen en la pobreza. Con el argumento de que ya era mayor para tener niñera, convenció a su madre de que prescindiera de ese servicio. En cuanto a la ropa y calzado, pensó introducir también una forma de ahorro, consistente en reservar algunos, muchos, para días u ocasiones especiales y dar más batalla diaria a unos cuantos, aun a riesgo de ir casi siempre con la misma ropa, los mismos zapatos, calcetines… Hizo que le cortaran su dorada melena, para no tener que gastar tanto en lavado y no perder tiempo en peinarse, ya que tenía que hacer tareas antes encomendadas a la niñera y otras sirvientas, también despedidas a petición de la niña.

Además, todo lo que a partir de entonces le compraba su madre, fuera o no necesario, inmediatamente lo guardaba, para ser usado más adelante. Dispuso así en poco tiempo de un almacén de reservas, no sólo en lo tocante al atuendo, sino también en libros y objetos escolares, etc. No pensaba que pronto estarían desfasados y serían de imposible uso, como por ejemplo los trajes, la ropa interior…, que se quedarían pequeños. Laura vivía pensando en el futuro y desarrollaba hasta la exageración su sentido de la previsión, adoptando un comportamiento que ella asociaba al de la prudente hormiguita de la fábula, guardando alimentos para el invierno, al contrario que la insensata cigarra.

Los bellísimos ojos de color miel de Laura no fueron igual de hermosos desde que el padre murió; el llanto y la tristeza los había nublado. Aquellas sonrosadas mejillas estaban cada vez más pálidas. Además, a la niña se la veía adelgazar, su blandura se convertía en rigidez, su lozanía en debilidad y decaimiento. Y es que el afán de economizar pasó a ser una obsesión. Este sentimiento la corroía interiormente y la llevaba también a comer cada vez menos, para que se mantuviera la despensa llena…

Laura no hacía caso de los consejos, primero, ni de las serias advertencias e incluso regañinas, después, de su madre. La desgraciada mujer temía por la salud de aquel joven cuerpo, progresivamente más indefenso y frágil, y por la mente, aún infantil, próxima al ofuscamiento. En vano le explicaba que, aunque dispusieran de menos medios que en vida de su padre, ni estaban en la miseria ni jamás lo estarían, por mucho que decayeran las ventas.

Una mañana, Laura se despertó con fiebre y un fuerte dolor en el pecho, acompañados de una tos honda y ronca… Pese a ello, se negaba a que mandasen aviso al médico, porque supondría un gran gasto. El doctor llegó y diagnosticó neumonía, como consecuencia de la gran debilidad física. Una enorme desesperación se adueñó de la madre, no sólo por la enfermedad en sí, evidentemente grave, sino por lo que se temía que la dolencia trajera consigo.

Laura no quería tomar medicamento alguno, una vez más por ahorro. Lo poco que entró por su boca de los primeros frascos, que ni se llegaron a consumir, fue a base de un forcejeo físico que a todos semejaba una tortura. La niña empeoraba por días. El infierno había penetrado en aquella casa. La madre no se apartaba de la cama. Pasaba las horas casi sin probar bocado y sin apenas dormir; se le iban acabando los bríos para intentar que su queridísima hija tomara alguna medicina. Laura se ahogaba, sin fuerzas ya para toser. Se iba apagando aquella preciosa llamita. Hasta que una noche dejó de arder del todo: su cansado pecho, de niña aún, dejó por fin de respirar. Ya no habría más futuro por el que sacrificarse.

martes, 16 de febrero de 2010

MEMORIA HISTÓRICA

En el ejercicio de mi profesión, conocí hace algún tiempo a un chaval, creo que de 14 años, que había adoptado la curiosa costumbre de anotar en una libretita las actuaciones concretas de compañeros de colegio hacia él, positivas o negativas, según su punto de vista. Así, dejaba constancia de hechos como el que uno o una le dejara un bolígrafo o no, si le ayudaba a resolver un problema o se negaba, si le prestaba o no atención, etc. Este documento lo utilizaba luego para portarse con unos y otros de acuerdo con sus apuntes, una vez consultados: “No te dejo un folio, porque tú no me lo diste cuando te pedí un lápiz el día tal”, por ejemplo. A raíz de unos problemas en la clase, de esos que ahora se denominan “de convivencia”, en los cuales se vio implicado, me presté a ayudarle y, de esta manera, iniciamos y mantuvimos una muy buena relación personal y bastante confianza mutua. Lo de la libretita me parecía una total equivocación, porque suponía mantener a lo largo del tiempo y fuera de contexto un juicio sobre las personas, totalmente cerrado e inamovible; rechazar la posibilidad de cambiar de opinión y valoración sobre ellas, así como de perdonar e incluso olvidar, a tenor de cambios de comportamiento posteriores, de nuevos modos de relacionarse, etc. O sea, prolongar las culpas “ad infinitum” y avivar eternamente la llama del recelo, el distanciamiento, el rencor, sin posibilidad alguna de reconciliación.

Traigo esta anécdota para manifestar que me parece una concreción, en un entorno muy limitado y con unas coordenadas bastante más simples, de lo que se entiende en los últimos años por “Movimiento para la Memoria Histórica”, que ha dado como resultado toda una ley. Estoy convencido de que esa historia de la agendilla me ha hecho entender mejor la decisión política, para mí extraviada, de exhumar lo que entre todos habíamos enterrado bien hondo. Excuso detallar el contenido de dicha ley. Todo el mundo sabe que se trata de remontarse a la guerra civil y la dictadura, y hurgar aun en los más escondidos rincones del país, incluso bajo de tierra, para buscar, incansable y exhaustivamente, todos los atropellos y desmanes de los ganadores, condenarlos una vez más y resarcir, pese a la distancia temporal, a las víctimas, mejor dicho, a sus herederos, pues la mayoría han fallecido. O sea, para que no se vayan a ir (¡pero si ya se han ido!) de rositas los “malos”.

¿No ven el paralelismo entre estas intenciones y sus consecuencias, y las del cuadernillo del niño, antes explicadas? Después de la Transición y lo que ese proceso generó de perdón mutuo (¡MUTUO!), de deseos de rehermanamiento, de inicio de un camino de pacífica y esperanzada avenencia y concordia, etc., este afán de “memoria histórica” no puede sino revivir hechos, comportamientos y situaciones nuevamente alentadores del enfrentamiento y del odio. No es buena esa vuelta al pasado. Yo no niego la legitimidad, incluso la obligación, de los historiadores de indagar y poner de manifiesto todo, repito TODO, lo que pasó. Pero teniendo en cuenta que se trata de un ejercicio intelectual, de una investigación científica, y no de la búsqueda de pruebas para abrir otra vez un juicio, cuyas consecuencias no lograrán sino alterar el clima alcanzado con un enorme esfuerzo colectivo. Juicio, además, desfasado, porque la vida del país se venía rigiendo ya por lo que cristalizó en la Transición, bajo sana y generosísima consigna general: no miremos más al pasado para reorganizar nuestra vida social y política (sí para la investigación histórica, claro), borrón y cuenta nueva, y girar la cabeza hacia el futuro. Consigna con la que empezó y continuó yéndonos bien, hasta que alguien se ha propuesto resucitar el encono, apelar a viejos resentimientos . (*)



LEY DE LA MEMORIA HISTÓRICA



En cuanto a la libretita, un día me jugué el tipo. Llamé al dueño y le rogué: “Te voy a pedir un favor: que me regales esa agenda y no vuelvas a empezar ninguna otra”. El muchacho se quedó sorprendido. Me dijo algo que no recuerdo literalmente, pero que venía a expresar que eso era como ofrecerme su ser social, el soporte de su fuerza dentro del grupo, etc. Yo le respondí que me daba cuenta del enorme sacrificio que le estaba pidiendo, pero que merecía la pena, porque así erradicaría de su vida y de sus relaciones los efectos que antes he dicho. Me solicitó unos días para pensarlo. Al día siguiente, vino a mí, arrancó las hojas escritas y las puso en mis manos, con la promesa de que nunca más escribiría cosas así.
Ese fue el final del caso del cuadernillo. El de la Memoria Histórica…, sinceramente, no sé cuál será. Pero tengo mis preferencias.
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(*) Cuando estoy a punto de concluir la revisión de este texto, asisto a una entrevista a Joaquín Leguina con motivo de su última novela, Luz crepuscular. Preguntado por el asunto de la memoria histórica, responde en unos términos tan próximos a los míos, que, si mi artículo ya hubiera visto la luz y tuviera la suficiente categoría como para atraer su interés, se diría que me lo “había fusilado” (aquí, en el sentido de “copiar”, “plagiar”, y no “ajusticiar”, pese a la materia de la que tratamos) . No ha sido ni podrá ser nunca así, claro. En cualquier caso, lo cierto es que la coincidencia en la valoración de ese movimiento político he visto que es total. De lo cual me congratulo, naturalmente.

lunes, 8 de febrero de 2010

ASCENSO Y CAÍDA O MUERTE DEL EUFEMISMO

A ver qué les parece la manera tan archieufemística con la que se ha rebautizado la grúa municipal de mi ciudad: “Servicio de Apoyo al Tráfico”. ¡Será posible! Obvio disfraz, engaño, máscara, camuflaje…, detrás de los cuales se quiere esconder la fea cara de la pinza recogecoches, para que no veamos lo que es y nos creamos lo que no es.



Apoyo al tráfico…, cuando en realidad lo que hace ese malquisto artefacto es quitar de la circulación todos los automóviles que le da tiempo, desde por la mañana temprano hasta por la noche, horario agotador, incansable “servicio”. Se la ve pasar a esa uña articulada sobre las 8 de la mañana y volver, de regreso, doce o trece horas más tarde, orgullosa, desafiante, ufana.

Tantas horas, para una sola función: recoger de las calles vehículos mal aparcados. Cosa legítima y acorde con la ley, no lo dudo, pero muy mal avenida con la frase biensonante, encubridora, mendaz… de “Apoyo al Tráfico”, más compatible con acciones como ‘Te echo una mano si tu coche te ha dejado por ahí tirado’ y similares. Quieren ennoblecer, dulcificar la auténtica y agria misión, para que no rechine en la estimativa del público, ya bastante machacada. Es como aquel “Cambiar el mundo” de la antigua progresía, convertido aquí en “Échale colonia a todo tufo que moleste ”.

Actualmente es una costumbre muy extendida la del blanqueo léxico y el caso de la grúa no representa una excepción. Cierto líder de cierto partido ahora gobernante se merece la Medalla al Abuso del Eufemismo Encubridor, por inventos como “Alianza de Civilizaciones” (o sea, “Haremos lo que gustéis”) o “Memoria Histórica” (o sea,” Por fin os vamos a joder bien jodidos”), etc. Estamos en uno de los momentos de extraordinario ASCENSO del eufemismo, que ha llegado a cimas inusitadas. Cerca de mi casa hay unas instalaciones del “Servicio Andaluz de Empleo”, al que únicamente acuden (léase, pueden inscribirse) los desempleados. Ya ves. Pero es que llega un punto en que los trileros del vocabulario oficial te aturden, te picardean y te hacen ser mal pensado: porque si eso es realmente el Servicio Andaluz de Empleo (es decir, todo lo contrario de lo expresado en tal rótulo), ¿qué debemos entender al leer “Consejería o Ministerio de Educación”, “… de Defensa”, “… de Igualdad”…?

Pura cirugía estética, mero vivir de la fachada, de lo aparente, de la estética, de la foto, de la cara (y nunca mejor dicho)… No nos extrañe que, cualquiera de estos días, en mi misma ciudad o en otra, a la policía la llamen cosas como “Hermandad Nacional de Ayuda a la Convivencia”, mucho más en onda; y dejen de hablar oficialmente de “cementerio”, para sustituirlo por “Centro de Acogida Permanente”, libre de evocación mortuoria o de finiquito; y, en vez de enchufarte una “multa”, te apliquen una “cuota motivacional”; o borren “suspenso” de los boletines escolares y coloquen “indicador de logro inverso”, etc., etc. No me dirán que no merece la pena. ¡Qué cambio! ¡Qué hermoso mundo! ¡Qué idílico paraíso! ¡Qué luminosa e inmaculada realidad, sin mancha ni borrón! Y la gente empeñándose en lo contrario. No, no, por favor, ¡veamos la parte buena de las cosas!

Este fenómeno no es nuevo, aunque sí su inusitada intensificación y difusión. Recuerdo que, aquí mismo donde vivo, había antes una prostituta, la cual (¡pobrecilla!), una vez saturado el mercado de la carne en el casco urbano, trasladó su lugar de lenocinio a las cunetas de las salidas o entradas al pueblo, ofreciéndose a camioneros y conductores en general para chingo barato al aire libre o en cabinas o asientos traseros. Era muy conocida, todo un personaje; y, en señal de respeto y afecto, y para tratar de redimir su imagen, la apodaron “Auxilio en Carretera” (*), incomparable eufemismo popular, antecedente de estas otras suplencias léxicas municipales que venía yo comentando. Esto es mirar y situarse en positivo, señores, y lo demás son gaitas. Propongo mantener la actitud benevolente hacia el colectivo aludido y nombrar al oficio “Asistencia para la Normalización Hormonal” e incluirlo en el ramo de la Sanidad. Qué menos.

Pero todo movimiento extremo lleva en su seno la semilla del opuesto. Y así ocurre también aquí, con los partidarios de dar MUERTE al mentiroso eufemismo. Una anécdota: hay un sitio en mi pueblo (un elevado recodo en la subida a la zona de la Torre del Hacho, a la entrada del camino de las Arquillas), en el que los eufemistas radicales podrían haberse lucido con impagables topónimos, tan bellamente líricos como “Glorieta del Amor”, “Curva de Venus” (¡oh!), “Rincón del Beso”, etc. Pero no, se les ha adelantado el enemigo, que ha ido allí a nombrar el lugar, ahíto ya de tanta poesía falsaria y empapado de cruda y dura verdad, lo ha etiquetado así: “Follaero Municipal”, añadiéndole por mano del escriba la transcripción de la auténtica banda sonora, tal como se aprecia en las fotos.
















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(*) Pero, cuidado con estas sustituciones, que las carga el diablo. Porque llamar a una meretriz con el nombre de un servicio de la Administración (por cierto, ambos “públicos”) también obra a la inversa. Ya me entienden.

domingo, 31 de enero de 2010

EDUCACIÓN BOTELLONA II

En una definición de urgencia, diré que la buena educación se mide por el nivel o grado de semejanza que el comportamiento de una persona presenta con respecto al modelo ideal que la sociedad circundante propone y defiende. La mala educación sería, lógicamente, lo contrario: la lejanía significativa de tal dechado. Nadie nace educado, ni bien ni mal. No voy a entrar en la polémica, tal vez ya superada, que se suscitó en la Ilustración acerca de si el individuo nace malo o lo hace malo la sociedad, etc. La conducta del hombre es, en cada momento de su vida, resultado de un compromiso entre sus tendencias innatas y la acción educadora. Por otra parte, la educación supone una voluntad y una acción expresa de los educadores, en gran medida represora de la total y extrema espontaneidad. Niños y grandes haríamos lo que nos viniera en gana, y eso es lo que aprenderíamos como patrón de conducta, si no se nos hubiera conducido por otro camino (a propósito, “educar” y “conducir” tienen la misma raíz). Lo ideal sería que, con el tiempo y gracias al empeño de los agentes educadores y al esfuerzo del sujeto, se llegara a punto en que a la persona le surgiera “espontáneamente” un comportamiento adecuado.

La educación se manifiesta en la conducta. Estar bien educado se corresponde con comportarse bien y estar mal educado desencadena el mal comportamiento. Por otra parte, la educación es un resultado y un proceso. Sin entrar en muchos detalles ni distinción de nociones, el proceso de educación comienza en la más tierna infancia, o sea, al nacer, y puede decirse que no termina nunca, aunque la mayoría de edad debería poder equipararse con un grado suficiente como para desenvolverse en el entorno de manera eficaz y adaptada. En ese momento, el individuo habría articulado una serie de valores, como marcadores del rumbo de su vida y su actuación. Enlazando con el asunto del botellón, que es el que traje a colación, la limpieza del propio cuerpo, de los objetos que se usan, de los lugares donde se está permanente o puntualmente, etc., debe ser un componente de la buena educación y, por lo tanto, un valor.

¿Cómo se adquiere, así entendida, la buena educación? O, desde otro punto de vista, ¿cómo se inculca? Para que quede claro: ¿qué tenían que haber hecho los padres de los chicos que dejan el “campus” botellonero peor que un muladar? ¿Decirles que eso no se hace? ¿Explicarles que el suelo de las clases de los colegios e institutos, donde empiezan a dejar olvidados trozos y envoltorios de bocadillos, cáscaras de pipas, “tetrabrick”, etc., no debe parecer el de una corraleta al fin de la jornada escolar? ¿Repetirles una y otra vez, hasta la náusea, que ordenen y limpien su habitación? Sí, todo eso tendrían que haberles dicho, explicado y repetido. Y seguramente lo hicieron y lo siguen haciendo. Pero los hechos demuestran que no ha sido suficiente. ¿Entonces?

Yo creo que la educación, en este tipo de parcelas al menos (quizás en todas, pero… bueno…), es al comienzo un acto de obediencia, el cumplimiento de una orden o de una ley o norma, o bien un acto condicionado por la expectativa de una sanción (premio o castigo; ganar, no ganar o perder algo…). La repetición de tal acto, sin excepción y durante un período significativo, origina el hábito o costumbre de hacerlo y la satisfacción consiguiente. Por último, ese hábito se conceptualiza como un valor, que fundamenta y da sentido a la actuación. Muy esquemáticamente, me parece que es así como se enseña a ser limpio con uno mismo y con las cosas y a comportarse, en todos los aspectos, del modo que determina la buena educación.

Lo fácil, para quienes tienen niños o adolescentes a su cargo, es saltarse el primer paso y el segundo, porque es una lata, porque exige una enorme constancia, tener las ideas muy claras, sacrificarse en bastantes ocasiones… ; saltárselos, o bien dulcificarlos introduciendo continuas excepciones, repartiendo perdones, mirando mucho para otro sitio, etc. Se quiere empezar la casa por el tejado, es decir, que los niños o adolescentes obren de acuerdo con unos valores o principios éticos que supuestamente se les han transmitido por vía de lecciones magistrales, consejos, etc. Nunca se logrará nada así. Los valores tienen que ser, primero, vivencias, para convertirse luego en criterios, principios, pautas, guías, motores, referentes… del modo de proceder maduro.

jueves, 28 de enero de 2010

CÓMO ME LLAMO

El nombre de cada persona es una etiqueta útil en la comunicación social y en el ámbito administrativo. En ambos, nos identifica y nos singulariza (con no pocas excepciones) . Nuestros padres y hermanos, antes que nadie, nos llaman por nuestro nombre al dirigirse a nosotros; luego nuestros compañeros, vecinos, amigos, etc. De las acciones administrativas, la primera es precisamente la inscripción en el Registro Civil y en ella se determina, por decisión paterna, cómo nos llamaremos oficialmente de ahí en adelante.

En España, a diferencia de otros países, el nombre lo forman en realidad tres palabras al menos: el denominado “nombre de pila” (que puede ser compuesto de dos o más) y los dos apellidos, el primero de nuestro padre y el primero de nuestra madre (actualmente puede invertirse el orden). Será el que figure en el DNI y en todos los organismos, instituciones, entidades, etc., donde estemos inscritos o con los que mantengamos alguna relación de la que deba quedar constancia. Por ejemplo, en la escuela, una de las primeras. Fuera de tales contextos, los padres, abuelos, tíos, hermanos, etc. nos llaman Javier, Francisco o Teresa, es decir, utilizando el nombre de pila, inalterado o bien con alguna adaptación afectivas: Javi, Francis / Franciquillo/ Fran / Cisco, Tere / Teresita… Son los llamados “hipocorísticos” (término procedente de un vocablo griego que significa ‘acariciar’).

Precisamente es en la escuela donde empieza a ensancharse el mundo de las relaciones sociales, hecho en el que queda implicado el nombre. Al llegar al colegio o a lo largo de la etapa que ahí empieza, suele ocurrir una de estas cuatro cosas: que los compañeros y compañeras nos sigan llamando como en casa, que modifiquen ese nombre, que se dirijan a nosotros mediante uno de los apellidos, generalmente el primero o el que resulte más… llamativo, o bien que nos endosen un mote. Por eso, a la llegada a la escuela es sucede como una segunda acción de registro o nominación, esta ya definitiva. Si pasas de María a Mariquilla, de Sebastián a Sebas, de José Luis a Pepelu, de Moisés a Moi, de Manuel a “Cocheras”, de Mª Jesús a “Tita”, puedes estar casi seguro de que con esa segunda identidad onomástica te quedarás para los restos. Diríase que la sociedad, la tribu, ejerce así el poder de signar a sus miembros a su gusto, como condición para admitirlos en su seno. Afirmaba una compañera mía que aquel profesor que no tuviese un mote no pertenecía realmente al colegio donde enseñara. (Otro día habrá ocasión de tratar acerca de los motes de los profesores).

Establecida de esta manera la regla general, suele ocurrir que a los varones se nos acostumbra a alterar más la denominación que a las mujeres. Por ejemplo, a muchos niños los llaman incluso sus compañeros y amigos por el apellido, no así a las niñas (suena raro decirle a una niña o mujer “Ruiz” o “Gómez”); a ellos también se les pone motes más que a ellas, etc. ¿Por qué? No lo sé, aunque podría aventurar (otro día) alguna hipótesis.

Las cosas son así, es evidente. Distinto es que no a todos les satisfaga del todo. Por ejemplo, hay personas que, ni de pequeñas ni de mayores, digieren bien algunos hipocorísticos, mucho menos los motes, y saben lo difícil que es salir victorioso cuando se enfrascan en la pelea por recuperar “su” nombre. El que esto escribe, José Antonio, lleva escuchando de boca de un medio amigo el “cariñoso” Pepe, al que profesa una feroz inquina (“Pepe” viene de las iniciales “P.P.” que se colocaban detrás de “San José” y que querían decir “Pater Putativus”, o sea, padre no auténtico). Sin embargo, otras muchas personas, tal vez la mayoría, acogen de buena gana cualquier modo de ser renombrados, incluso el apodo. Recuerdo a una niña, muy bajita, que estaba orgullosa de tener “ya” su mote cuando los compañeros de colegio le empezaron a decir “Pulga”. Si lo pensamos bien, el apodo es la expresión que más propiamente nos identifica, puesto que encierra algún rasgo específico, cosa que el auténtico nombre no hace. En este sentido, hay motes que logran dar forma verbal, muy frecuentemente mediante metáforas, metonimias, hipérboles, etc., no sin cierto humor intencionado, a lo más característico de talante o del físico de una persona, y no deberían, por eso, llamarse “alias” (que posee el sentido de “otro”). Conozco a un hombre que, desde pequeño, tenía un cuerpo achaparrado y le pusieron “Remache”, a una mujer a la que llamaban “Meneaculos” por razones que ya imaginan, a un contundente defensa central al que apodaron “Burra”, a un supuesto donjuán que se vanagloriaba continuamente de sus maniobras eróticas en zonas profundas, al que denominaban “Comechochos”, etc., etc. Sería curioso y divertido reunir una colección de motes.

En los pueblos pequeños, no hay familia que no tenga su apodo. Muchos, casi todos, vienen de antiguo. De ahí que, si un día cumplieron su función descriptiva, con el transcurso de los años valen como meros recalificadores, una especie de nuevos apellidos. Tampoco, en el ámbito de la clandestinidad, pues ahí forman parte del “lenguaje en clave” (conocido es el nombre de guerra “Isidoro”, con el que se conocía a Felipe González antes de la democracia); con el mismo fin de ocultar la verdadera identidad (aunque no por motivos relacionados con la ley) se utilizan en internet los "nicks" y los llamados "nombre de usuario". Lo contrario ocurre en determinadas actividades, como el toreo, en el qu, casi siempre, el diestro elige un sobrenombre más acorde con la visión de sí mismo (“Jesulín de Ubrique”, “Espartaco”, “Finito de Córdoba”…) o el cante (“El Niña de Marchena”, “La Niña de Antequera”, “La Paquera de Jerez”, “Perlita de Huelva”, “La Terremoto”…). Quedan aún instituciones con el cambio de nombre por norma: las órdenes religiosas y el Papado. Por cierto, hablando de normas, ciertas empresas (grandes superficies, banca, etc.) obligan a los trabajadores cara al público a que lleven una tarjeta identificadora bien visible, con su nombre de pila (sin apellidos, tanto si son varones como mujeres).

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos: ¿cómo se debe llamar a una persona? Para mí, la respuesta es sencilla. Si se está bajo el dominio de una regla, ley o norma, como quede por ellas establecido. En cambio, en el dominio de la libre y pura relación interpersonal, fuera del marco de una institución, la llamaremos como mejor convenga. Quiero decir, como mejor convenga para salvar la buena relación que podamos tener con esa persona, o para mejorarla o incluso iniciarla. Aquí no hay imposiciones, salvo la de la cortesía y el afecto. Todo lo que tienda y ayude a incrementarlos, sirve. En cualquier caso, tengo para mí que nadie se va a ofender si lo tratas utilizando su nombre de pila, que juzgo el más noble y digno. Tampoco, si se trata de un varón, el empleo de un apellido. Ahora bien, espetarle un mote… resulta más delicado y se pueden correr riesgos. Naturalmente, influye mucho la relación personal previa y la posición social mutua, así como el contexto en que se desarrolle la comunicación.

miércoles, 20 de enero de 2010

JOVEN ORGANISTA

Mi primera actuación al órgano tuvo lugar a los 16 años. Una tarde de mayo, la coral a la que yo pertenecía debía cantar una pieza mariana con acompañamiento y el organista tenía obligaciones que le impedirían llegar a tiempo. El director me mandó aviso poco antes de que comenzara la función. Más improvisación…, y mayor reto, imposible. Por otra parte, yo no podía negarme, porque no había otro a mano. Así que suplí al titular. Al cual, he de decirlo, nadie echó en falta. Para mí fue uno de los mejores días de mi vida, una de las tardes más dichosas… La gente, como digo, no le dio mayor importancia y no recibí ni una sola felicitación. Tampoco me eran necesarias. Creo que los más auténticos y sinceros parabienes se los da uno mismo casi siempre.

La segunda vez que pulsé en público las teclas de un órgano fue en una de las catedrales más hermosas de España, y quizás del mundo: la catedral nueva de Salamanca. El verano en que cumplí los 17, pasé unas semanas estudiando armonía en esa ciudad, compendio toda ella de arte y cultura. Mi profesor, Don Aníbal, nos llevó una mañana a la catedral y nos invitó a que los que quisiésemos probáramos el órgano, ese monumento en sí mismo impresionante. Yo no lo dudé. Subí y toqué alguna cosita de la que, desgraciadamente, no me acuerdo. Hace unos años he tenido la suerte de visitar el templo con mi familia y contarle esta anécdota, cuya remembranza tantas emociones en mí despertó.

El tercer hito en mi currículum organístico lo originó una nueva suplencia, ésta más dura y severa. Fue al año siguiente de aquella primera sustitución. El organista de la coral cayó enfermo. Y acudieron a mí. Era invierno y yo también tenía unas décimas de fiebre producidas por un catarro. La partitura de ese día ni siquiera la conocía, nunca la había tenido en mis manos. Era una obra asimismo en honor de la Virgen, un “Alma Mater” compuesta por nuestro director. Cuando me senté delante del órgano y me percaté de que estaba en “la bemol mayor” (o sea, que tenía cuatro bemoles), pensé que no podría tocarla de primeras sin pegar bastantes patinazos, porque además presentaba abundantes modulaciones. Así que tuve que acudir a una artimaña: efectuar un transporte sobre la marcha, o sea, pasar a la tonalidad de “la mayor” (tres sostenidos), que me era más familiar. Para ello, “bajé” el teclado medio tono, como modo de compensar el cambio de tonalidad. Al final, la cosa no salió mal. Hacia fuera, el éxito consistió, una vez más, en pasar desapercibido. De puertas adentro, mi gozo era sumo aquella tarde-noche.

A partir de entonces, el organista titular y yo nos alternábamos, dependiendo de nuestros gustos (mejor dicho, de los de él, y no gustos, sino caprichos) o de otras circunstancias. Eso me permitió, una Semana Santa, acompañar a la coral sentado al órgano de la catedral de Málaga, precioso instrumento también.


Así fue como, unos meses más tarde, llegué a ser primer organista, apenas cumplidos los 18 años. En calidad de tal, tuve la oportunidad de acompañar a la coral en un excelente órgano “moderno”, en su forma y en su mecanismo, ya electrónico. Me refiero al que había (y seguirá allí, supongo) en el Santuario de Ntra. Sra. de la Victoria de Málaga. De ese mismo año, el último como organista, recuerdo un día memorable, para mí, insisto: aquel en que me atreví con el “Aleluya” del “Mesías” de G.F. Händel.

En muy poco tiempo, había logrado uno de mis mayores sueños. La verdad, no me imaginaba que llegaría tan pronto, cuando a los 10 u 11 empecé a aprender, por mi cuenta, escribiendo encima de las teclas del armonio de la parroquia las notas que les correspondían. Desde mi actual atalaya, veo que pocas metas alcanzadas me han producido tanta complacencia.

¡Y qué agradable traer hoy a la memoria momentos de mi vida tan importantes y significativos, en los que tanto disfruté! La “culpa” la tiene ese chaval que aparece en las fotos, Gert van Hoef, cuyas asombrosas interpretaciones he descubierto hoy por la mañana en YouTube. Gracias le debo a Gert, por empujarme a que rebobinara yo las mías (que estaban, eso es seguro, muy por debajo). Una y otra cosa he hecho casi con lágrimas en los ojos, lágrimas de esas con las que se llora de íntimo deleite.
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Aquí van algunas direcciones de YouTube con miniclips del pequeño organista. Lástima que no se vea más que en una su dominio del “pedal”, es decir, de las teclas que en el órgano se tocan con los pies.

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