sábado, 21 de marzo de 2009

APRENDER A ESCUCHAR MÚSICA

Andaba yo buscando, desde hacía tiempo, un libro, del que no conocía ni su autor ni su título ni la editorial ni apenas su contenido. Sólo sabía que lo quería y para qué. O sea, su finalidad. Era esta: que me sirviera de ayuda para mejorar mi forma de escuchar música y, así, sacar más jugo a mis audiciones. Audiciones que son muy frecuentes, porque es notorio que soy de los aficionados que se pueden denominar amantes en el más genuino sentido de la palabra. Me enamoré de la música en cuanto pude sentir eso que tal vez sea posible denominar “amor estético”, normalmente -y felizmente- anterior incluso al uso de razón.
Pues bien, el libro llegó a mí hace unas semanas. Se me apareció inesperadamente, al pasar yo, con cierta prisa, por delante de los estantes de una librería de mi pueblo. Lo cogí, miré el índice y enseguida lo reconocí. Me lo llevé a casa y lo leí de un par de tirones. Desde entonces ando buscando un lugar donde posarlo, a la altura de la admiración, de la adoración que ya le profeso. El libro es Cómo escuchar la música, de Aaron Copland. La primera edición en inglés es de 1939 y la última reimpresión en español, de 2006, procede de la cuarta edición en lengua original, que aparece aumentada. Tiene 284 páginas.



La obra se divide en 11 capítulos, pero el contenido global puede considerarse distribuido en tres núcleos temáticos: el primero lo integran los elementos esenciales de la música (ritmo, melodía, armonía y timbre), la textura y la estructura; el segundo, las formas musicales (formas por secciones, variación, forma fugada…), y el tercero, algunos géneros (la ópera, la música de películas...). En cada uno de los aspectos tratados, el autor cita ejemplos de obras clásicas y contemporáneas, que ilustran perfectamente lo explicado. E incluso aconseja la audición de composiciones completas, para comprobar los conceptos expuestos y para hacer prácticas de escucha. Con todo ello, persigue -y consigue- lograr el fin que anuncia en las primeras páginas: que la música no sea para el auténtico devoto un simple sonido agradable, del que se deja llevar, pero del que no entiende absolutamente nada. Es necesario saber algo acerca de la música y de las obras musicales para que eso no ocurra. Aunque tampoco se trata de pedir a todo el mundo que oiga como oye un compositor o un intérprete cualificado.
Personalmente, me ha gustado mucho, y me ha enseñado más, el capítulo VI, titulado “La estructura musical”. Yo creo que es uno de los que más beneficio aportaría también a cualquier persona interesada, entre otras cosas porque brinda una información que en pocos lugares se encuentra y que es básica para aprender a “seguir el hilo” de la pieza musical y entender el sentido de cada parte y del todo. O sea, ofrece pistas esenciales, cuya asimilación es imprescindible para la formación de la competencia básica del receptor musical. Dice así uno de los fragmentos iniciales: “Para crear la sensación de equilibrio formal, se usa en música un principio importantísimo. Y es tan fundamental para nuestro arte, que probablemente no dejará de usarse, de un modo u otro, mientras se escriba música. Ese principio es el muy simple de la repetición. La mayor parte de la música se basa estructuralmente en una amplia interpretación de ese principio. […] El único principio formal que hay que mencionar además de ese, es el contrario de la repetición, esto es, el de la no repetición. Hablando en general, la música cuya estructura vertebral se basa en la repetición, se puede dividir en cinco categorías diferentes. La primera es la repetición exacta; la segunda, la repetición por secciones o simétrica; la tercera, la repetición por medio de la variación; la cuarta, la repetición por medio del tratamiento fugado; la quinta, la repetición por medio del desarrollo.” (p. 119). A partir de aquí, el texto desarrolla cada una de esas modalidades de repetición. Y, al concluir el capítulo, y el libro, el lector tiene la impresión, tan frecuente siempre que se trata de unas páginas verdaderamente nutritivas, de que la próxima vez que ponga un CD en su equipo ya nada será como antes.
Para concluir esta reseña, que he escrito sobre todo por agradecimiento al autor, también compositor, ya desaparecido, cuyo libro me ha proporcionado la oportunidad de crecer como oyente de obras musicales, quiero relatar algo que me ocurrió cuando iba por el tercer o cuarto párrafo. Hice una breve interrupciòn para hablar con uno de mis alumnos, de 14 años, sobre la emoción que estaba sintiendo en ese momento, al oír, de fondo, una de las canciones de Esteban Valdivieso, compañero de Universidad, fallecido no hacía mucho. El chiquillo, que había entrado en mi despacho no recuerdo bien a qué, va y me espeta: “Algunas veces, una canción no es nada más que un ruido; pero otras, es parte de la vida de uno”. Confieso que, mi ánimo, inflamado por la música que sonaba y embriagado por el penetrante aroma del incienso que yo mismo estaba quemando en loor del libro de Copland, se quedó, un instante, en suspenso...

jueves, 8 de enero de 2009

LANDA CUENTA


Acabo de leer, hace no más de diez minutos, un libro que hace apenas unas semanas era inexistente para mí: Alfredo el Grande. Está firmado por Marcos Ordóñez y lleva el subtítulo de “Landa lo cuenta todo” (Editorial Aguilar, 2008). Se trata de la biografía profesional de Alfredo Landa, uno de los actores más representativos del llamado cine del “destape”, que se desarrolló al final del tardofranquismo y durante la “transición”. Como otros de su generación, también identificados durante mucho tiempo con ese cine tan menor, casi detestable, ha tenido la oportunidad de mostrar que es un excelente actor, puesto a prueba en obras de calidad y exigencia infinitamente mayores, como Los santos inocentes, El crack, etc. No es a la fuerza malo el actor que hace una o muchas películas u obras de teatro malas, ni al contrario. En un pasaje de la obra, expresada a modo de conversación del cómico con el autor, reconoce aquel que ha hecho películas malísimas, desastrosas, pero que en la inmensa mayoría ha estado bien. Y es verdad. Y en muchas, muy bien.

Cuando un personaje como Landa escribe o dicta (o colabora con entrevistas…) una obra como esta, lo más fácil es pensar que lo hace para reivindicar su figura y librarla del lastre antes mencionado. Yo no sé si es eso lo que ha querido. Desde luego, en el libro no se olvida la mención de ninguna película, mala o buena, ni se endulza la descalificación de las malas. Quizás no haya otra pretensión que recordarnos que, junto a las malas, ha hecho bastantes muy buenas y que se le ha reconocido como excelente actor con importantísimos premios (como, por ejemplo los Goya), en películas de tanta calidad como las de los que más. Con toda sencillez, confiesa que muchos bodrios los aceptó porque “teníamos que comer todos los días”. Además, esos eran los guiones que había. Mejor dicho, había otros, pero esos los rechazaba, porque eran aún peores.

Por poco aficionado y conocedor que sea uno del cine patrio, y si además es uno suficientemente objetivo, tendrá que admitir que se trata de uno de los más grandes actores de la época actual. Un actor de capacidad, de estudio, de dedicación y esfuerzo, y, cómo no, de vocación. Él la llama “pasión”. A mí me ha satisfecho mucho la lectura de este peculiar libro de memorias. Con él he llenado las lentas y largas horas de restablecimiento de un catarro atroz, de los que te encierran en casa varios días. De todas las películas españolas que yo haya podido ver en mi vida, una buena parte ha estado protagonizada por Alfredo Landa. Es uno de los habitantes de mi galería de populares interesantes. Por eso, cuando me enteré de que había publicado este título (al principio creía que él firmaba como autor) y de qué iba, no dudé en buscarlo. Mi interés se centraba, como suele suceder, en saber más de un personaje así, es decir, sentía bastante curiosidad. Y también, quería saber sobre los entresijos del cine español contemporáneo, al que, en tanto que industria, me dijeron que ponía a parir. Todo lo he conseguido. Y con creces, porque al estar expresado como una charla, el texto es de una viveza y una amenidad enormes: te informa y te entretiene.

Recomiendo esta obra, puesto que, además de lo que he dicho, le permite a uno acceder al verdadero perfil de otros actores, de autores, de directores, productores…, todos de primerísima fila, cuyo talante muestra zonas bastante más oscuras o más luminosas de las ya sabidas.

Al final, creo que no sólo es la biografía profesional del actor, sino que constituye un capítulo de la historia cotidiana del cine español de los últimos cuarenta o cincuenta años.

martes, 6 de enero de 2009

LAS CALLES DE MI PUEBLO (IV). CALLES DE BUEN NOMBRE.

En mi pueblo hay calles con nombre realmente hermoso. Por lo sugerente, por las imágenes que evoca, porque despierta la fantasía, aviva el recuerdo…, o sencillamente porque suena bien.



Una es la calle de la Estrella, no muy amplia ni vistosa en sí, aunque hace poco ha sido restaurada en su asfaltado y cuenta con varias construcciones cuidadas estéticamente. Me gusta mucho ese nombre. Está cerca, como no podía ser menos, de la más extensa calle del Sol, otro astro, en este caso el “rey”. Con perfil de suave vado, desemboca la regia avenida en una plazuela, cuyo nombre no figura en ningún mosaico ni letrero externos, pero a la que la llaman del Espíritu Santo.



Una cuesta afluente, con sensitivo título, es la de las Flores. Lejana, en el espacio y en el tiempo (pues es reciente su apertura), discurre una vía hipónima (si se me permite tal catalogación), la de los Claveles, en el Barrio de la Quinta.

También sale de la paráclita plazuela la calle Mármol, que a mí me suena a ricos y lujosos jaspes, de terso y suave brillo, pacientemente bruñidos a mano en la próxima
calle Pulidos. (alguien, más realista, pensaría en un vulgar taller marmolero).

Con un tramo ascendente y otro descendente (igual que Mármol, pero aquí con distinto nombre cada uno), hallamos una callecita cuyo nombre
resulta verdaderamente enigmático, Madre e Hija: ¿quiénes fueron
estas dos mujeres, cuyos nombres la historia ha velado pudorosamente? Sin duda, dos figuras importantes, al menos populares, como tándem familiar. Nunca sabremos de ellas, sólo que se las conoció y admiró en tanto que hija y madre. ¿Podemos efectuar alguna conjetura?, ¿podemos alimentar nuestra imaginación y recrear la historia, el asunto, que daría pie a la notoriedad y a la ocultación? La calle es antigua, como todo el barrio por donde nos estamos moviendo, conocido como de San Miguel, por desplegarse en torno a la calle y la parroquia del arcángel.

Lindando con otra zona del pueblo, la del Portichuelo, hay una cuesta, ni muy larga ni muy ancha, a la que llaman con una palabra que, más que nombre, parece mote: es la cuesta del Bolo (no entro en disquisiciones ni pesquisas históricas para explicar por qué se le puso así; me quedo con la resonancia humorística actual). Lo mismo que un brevísimo repecho, en las márgenes del río de la Villa, por el Barrio del Carmen, a la que han puesto, con elegante sorna y quién sabe si también con algo de leve inquina por el ruido, Cantarranas. De idéntica consideración, ínfima, debió de ser en su tiempo la que bautizaron como calle de la Polilla, entre el Barrio de San Pedro y el Cerro. Por otra parte, resultan al menos curiosos los términos Taza y Plato, enseres comunes y cotidianos, para dos calles que se cruzan en ángulo recto (como los ejes del plato y la taza), por el Barrio de San Miguel. Para entender el motivo del de la Silla, basta con seguir su trazado, parecido, lógicamente, al de la calle del Codo, dos interesantes, aunque sencillas, metáforas.



En cuanto a la calle Pajeros…, prefiero limitarme al criterio gremial, muy socorrido en este caso, pues me salva de meterme en atrevidas elucubraciones y buscar donde nada se me ha perdido.


Volvamos, para terminar, a topónimos más dignos, al menos más eufónicos. La jovencísima calle Vista Alegre no desmerece de sus ancestros, arriba mencionados.
Y la calle Doncellas, ¿habrá alguna voz con más poder de seducción?

Hecho curioso -seamos un poco pícaros- es que la virginal travesía se toca por un extremo con la llamada calle del Obispo, según se aprecia en la foto.

De otro lado, la calle y el callejón de la Gloria, bastante distantes entre sí, son una suerte para los vecinos que en ellas viven, frente a los que penan en la del Purgatorio y, mucho más cruelmente, en la del Infierno.



Estas dos y la que alude al cielo corren paralelas, en pleno centro de la ciudad. ¡Qué sensación tan vivificadora, en la calle Fresca y en la del Viento! Por último, un nombre cargado de sugerencias, incluso literarias, con sabor a cuento y con ribetes de leyenda: la calle del Duende, en la falda del Cerro de la Cruz, denominación esta que también nos trae al recuerdo textos de Zorrilla o Bécquer.


Existen, como decía, calles con nombres ciertamente hermosos en mi pueblo. Estas son algunas, a las que añadiré otro día algunas más. Es un placer añadido residir en ellas y por ellas transitar a diario.

viernes, 2 de enero de 2009

CUÁNTO vs CÓMO

Hoy, primero de año, he realizado una encuesta casera entre mis amigos y conocidos. Aunque, a decir verdad, más que una encuesta en sentido estricto, ha sido una comprobación. Es decir, un procedimiento para reafirmarme en mis suposiciones acerca del tema elegido. Se trata de lo siguiente: les he preguntado a bastantes personas sobre “la noche” (la Nochevieja). Sin excepción, me han contestado, tal como esperaba, en términos cuantitativos: “hemos estado hasta las…”, “estaba lleno a rebosar, había XXX personas”, “me ha salido super caro / barato”, “era un local amplísimo / demasiado pequeño”, “actuaron X orquestas”, “sirvieron X copas y canapés”, etc. Era de esperar, digo. Así que, para recibir información sobre cómo lo han pasado, para mí más importante, he tenido que interrogar específicamente sobre eso: “¿Y cómo lo has / habéis pasado?”. Pregunta que, desde luego, ha suscitado menos interés en mis interlocutores.

Mi suposición se ha confirmado: en la vida diaria, se emplea lo cuantitativo como principal vara de medir, y nunca mejor dicho, medir, la valía de las cosas, las personas y los hechos. Por ejemplo, si es el caso de hacer juicio sobre la casa que se ha comprado alguien, lo que se observará, principalmente, es el tamaño, el número de habitaciones, el dinero que le ha costado y cuánto tardará en amortizarla (o pagar el préstamo), la amplitud del garaje…, y no la comodidad, la iluminación natural, la estética arquitectónica, la distribución de los espacios, la existencia de obstáculos (escaleras, por ejemplo), la atmósfera que crean los colores con que se han pintado las paredes, etc. En el terreno de la enseñanza, tan delicado, cuando se evalúa a un alumno, lo que se hace es identificar cuánto sabe y contrastarlo con lo que debería saber; nunca he oído a los profesores explicar que han suspendido a un alumno por lo mal que sabía lo mucho que sabía. Ni siquiera está clara la diferencia entre saber bien y saber mal. En el juego recreativo, algo tan poco dado al parecer a la mensurabilidad, siempre se gana o se pierde, y casi siempre es por algo reproducible en un marcador: goles, canastas, horas, minutos o segundos empleados, metros o kilómetros recorridos, altura del monte escalado, etc. No hay nada relacionado con la calidad del juego o la diversión que proporciona a los participantes y al público, fines -creo- más propios de tal actividad. Pero, claro, me dirán, es que ese juego ha dejado de ser un puro entretenimiento, para pasar a convertirse en pura competición. O sea, una desgracia.

Nos sentimos inseguros de nuestras compras si no apreciamos en ellas algún beneficio cuantitativo (“es muy barato, me he ahorrado…”; o bien, “es muy bueno, porque es de los caros”). Incluso cuando nos interesamos por la calidad, siempre es en comparación con el precio (“relación calidad – precio”, que se dice ahora). Hay gente a la que le gusta presumir del número de libros que ha leído, no del disfrute que le han proporcionado; de la cantidad de amigos que tiene, de que posee todos los discos o películas de tal artista, de que se comió tres platos de paella, y olvida ponderar el sabor, el punto de cocción; e incluso existen hombres que se ufanan ante los demás de la intensidad de su vida sexual en términos de veces. Y mujeres que se reducen o son reducidas a medidas.

Parece que no creamos en otro procedimiento más que la cifra para expresar lo bueno o lo malo que es algo para nosotros. Más aún, parece que sólo nos satisface de verdad una cosa por su tamaño, duración, peso, coste…

Todo esto nos lleva a pensar en un credo materialista, en el que nada resulta aceptable ni creíble si no es perceptible por los sentidos y no se sujeta a medida. También, en una obsesión objetivista, donde no cabe la apreciación personal, la valoración subjetiva, etc. Muy propias, una y otra filosofía, de nuestro tiempo. Ambas se evidencian en un hecho, entre otros: hoy, todo se reduce a dinero, el valor de algo es lo que cuesta, su precio de venta o de compra. Todo. Nos estamos acostumbrando a desconfiar de los juicios cualitativos, siempre subjetivos. El dinero, juez supremo, no admite ni estimaciones subjetivas ni exámenes de calidad. Y a lo mejor llega a olvidársenos pesar lo que hacemos, recibimos o damos en la balanza de la felicidad, de la satisfacción, del placer, del agrado, de amor.

“Caballo grande, ande o no ande”, reza un antiguo refrán, síntesis de la actitud que analizo. Y otro, más cruel: “Tanto tienes, tanto vales”. Tal vez es una actitud no tan de hoy, aunque seguro que también de hoy. Incluso si entendemos el “hoy” en sentido restrictivo, como 1 de enero. Ahí está, si no, mi encuesta.

sábado, 15 de noviembre de 2008

PAJARILLO

A mitad de camino, volví la cabeza. Allí estaba ella como una preciosa flor celeste, en medio de un gran telón de fondo de árboles amarillos y ocre. Ahora, en otoño, perdían sus hojas. Me dirigía al kiosko, situado a unos 200 metros del banco del parque donde nos habíamos sentado hacía ya más de media hora, después del instituto. Los de segundo de Bachillerato teníamos los jueves Química de 4 a 6 y siempre nos íbamos ella y yo a ese parque, desde que empezamos a salir, hace un mes.

La tarde caía y el sol le daba de frente, como un enorme foco de luz anaranjada. La miré, y era una reina en su trono, una hermosísimo trozo de cielo rodeado de filigranas de oro. Otra vez experimenté el placer y la emoción de estar contemplando a una diosa en el paraíso.

Seguí andando. Casi había llegado. No se me iba la preocupación que me había torturado toda la tarde. ¿Por qué ese silencio de María? ¡Había estado tan callada todo el rato! Casi parecía no oírme, casi no me había mirado. Dios, ¿qué le ocurría? Sin levantar sus benditos ojos, sólo decía sí o no, o me contaba historias tontas de su hermanito, que a mí me importaban un rábano. ¿Qué le pasaba? María, mi amor, mi estrella, la única por la que daría hasta la vida, no me hacía el más mínimo caso esa tarde. ¿Es que no quería estar conmigo? ¿Se encontraba enferma? No, enferma no. Precisamente hoy estaba estupenda, radiante, con ese conjunto de color celeste, pantalón y rebeca, y esa camisa estampada bastante trasparente, ajustada en el pecho, que dejaba entrever un sujetador blanco. ¡Bien que me fijé! Pero, para desgracia mía, puso la bolsa del Corte Inglés entre ella y yo nada más llegar, sin darse cuenta (¿o sí?) del gesto de tristeza y furia que hice. Se separó de mí por una triste bolsa, con no sé que regalo para no sé quien. No me enteré mucho de las explicaciones que me dio sobre eso. Porque yo quería estar muy cerca de ella, para que nuestros cuerpos se tocaran, y de que habláramos de nosotros. Estuve a punto de llorar, lo juro.

Me repuse un poco cuando, esta vez sí, mirándome de frente (ay, qué mirada de miel), me pidió que fuese a comprar una cocacola.

Y a eso iba al kiosco. Pedí una lata de coca para ella y un seven-up para mí. Pagué y emprendí el camino de regreso. ¿Me había mandado por refrescos para separarme de ella? Seguía igual, quieta como una estatua, linda estatua de cristal celeste. Las hojas caían a su lado, pero ni las veía, creo. Era seguro que María, la preciosa María, estaba allí, pero en realidad estaba en otro sitio, que tampoco yo sabía cuál. Su cabeza, su corazón se hallaban ausentes.

De pronto, un pajarillo se paró en su pierna. Un pajarillo que, extrañamente, llamó su atención. Piaba el insignificante animal y ella lo escuchaba, movía los ojos, incluso le dedicó dos o tres sonrisas... ¡Parecía que hablaban! Envidia, celos... eso fue lo que sentí, en forma de clavo que se me hincaba en el pecho a medida que me acercaba. María, mi princesa, tan muda para mí, charloteando con esa mierda de pajarillo. Pero, ¿de qué hablaban, si es que en realidad estaban hablando? A la envidia, a los celos, se unió la curiosidad. Así que mis pasos se aceleraron y también mi corazón y mi pulso.

Me faltaban ya dos o tres metros para llegar al banco. El pájaro creo que me vio, o me oyó, y se fue. María siguió con la mirada su vuelo.

Llegué y me senté de nuevo. ¿Eh? Dios, ¿qué está pasando? Ni me dio tiempo a darle su lata. María se levantó, creí que se marchaba. Pero no, ni mucho menos. Más que ver, noté, sentí sus tibias manos en mis hombros... Un torrente de sangre hirviendo se precipitó por todo mi cuerpo. ¡María, María! La siguiente descarga de placer vino cuando la niña, mi deseada, se sentó en mis piernas y puso sus labios en los míos. Y ya no era yo, era una hoguera de rojo fuego el que la abrazó, después de dejar caer, creo, las latas a no sé donde. Y ya no era María, era un río de almíbar celeste, derramado encima de mi persona. De mi afortunada persona, que tuvo oídos para escuchar un divino rumor de su boca, pegada a mi oreja: “Manu, sí, te quiero”.





Gracias, muchas gracias, un millón de gracias, mil millones..., todos los millones de gracias, hermano pajarillo, endeble gorrión, mágica ave... del parque. Gracias, seas quien seas. ¿Qué fue lo que le dijiste?
JARAMOS.G

sábado, 8 de noviembre de 2008

QUIERO SER COMO LA LUNA

<< “Debemos esforzarnos por ser como la luna”. Un anciano de Kabati repetía esta frase a la gente que pasaba por su casa camino del río para coger agua, cazar, recoger vino de palma, o iba camino de las plantaciones. Recuerdo haber preguntado a mi abuela qué quería decir el anciano. Me explicó que el dicho servía para recordar a la gente que debía comportarse bien y ser buena con los demás. Que las personas se quejan cuando hace demasiado sol y el calor se vuelve insoportable, y también cuando llueve mucho o cuando hace frío. Pero, dijo, nadie se queja cuando resplandece la luna. Todos se sienten felices y aprecian la luna, cada uno a su manera. Los niños observan sus sombras y juegan aprovechando su luz, los mayores se reúnen en la plaza para contar historias y bailar toda la noche. Suceden muchas cosas agradables cuando sale la luna. Estas son algunas razones para querer ser como la luna. […]

Desde que mi abuela me dijo por qué deberíamos esforzarnos por ser como la luna, decidí firmemente intentarlo. >>


Y yo, en cuanto que leí este pasaje, que vale como un remanso en el contexto de la durísima novela Un largo camino. Memorias de un niño soldado, de Ishmael Beah.

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